lunes


Las horas claras 
2013 (novela, fragmentos)

1
Desde mediados de verano hasta bien entrado el otoño, hayedos y robledales se abarrotan de oronjas verdes. Desorientados buscadores de setas suelen confundirlas con especies comestibles.
De sugerente apelativo científico, Amanita phalloides, su sombrero, globoso, está envuelto por un velo blanquecino que trasluce una coloración a veces amarilla verdusca. La superficie es sedosa en sequía y un poco viscosa tras la lluvia. El pie, esbelto, cilíndrico, firme, casi liso. Su carne, de un débil olor, en ejemplares vetustos se torna desagradable.
Quienes han sobrevivido a la ancestral prohibición de paladea esta especie dicen que su sabor es dulce, que deja en la punta de la lengua un manto, como la crema chantillí o el algodón de azúcar.
Bastan cincuenta gramos de una oronja verde para devastar a un adulto.
Horas después de su ingestión acaece el suplicio. Aparecen náuseas, vómito, dolores abdominales, deshidratación, insuficiencia renal y una violenta diarrea. Luego se producirán hemorragias y una severa hepatitis.
Con la rauda intoxicación sobrevendrá la marejada de la muerte y el arrepentimiento, ya inútil, de haber convocado la belleza.

8
Enero de 1969.
El invierno se concreta en una llovizna persistente.
La espera, como el nacimiento o la sierpe, ha socavado todos los himnos.
Madame Savoye no tiene ya presentimientos. Sus roturas caen a tierra sin que se deshagan o sean absorbidas.
Nada la desconcierta, criatura condensada, de palabras cumplidas.

10
Quiso una casa para no extraviarse. Para dejar ventanales abiertos y que entrase la roja noche de agosto, el vocerío llorado de ciertas familias, algún pájaro, el vaho del Sena.
Deseó una villa de verano como una fe. Y así le fue concedida.
El marido accedió a regañadientes. No se discutió el lugar. Buscarían un terreno, un arquitecto.
Madame Savoye lo vislumbraba todo. Sabía cuántas serían las puertas y los pasillos. Estaba claro que la cocina miraría hacia el jardín, que habría una terraza, un baño enorme, un vestíbulo para recibir a los huéspedes.
También reconocía cuán lejos debía estar esa casa para que la salvase del desierto.

19
La casa ha comenzado a padecer. Aun sin columnas ni desagues. Posee la ignorancia de los muros nunca culminados, la soledad de los pasadizos obstruidos.
Madame Savoye debe dar comienzo a la despedida. La agobia una inadvertida ofensa.
Prefiere evocar lo ilimitado, desoírse.
Es la protohistoria de una desesperación.

30
El arribo a la villa.
Sensación de audacia, plenitud, sueño cumplido. Agradecimiento.También duelo.
La creatura tiene vaho propio. No harán falta adjetivos que se sobrepongan al polvo.
Las horas buscarán otras estaciones.
El olor a nuevo diluye.
Todo se ha hecho leve, prescindible.
Madame Savoye está, pese a la vista cancelada por la repentina lluvia, feliz.

40
En junio y octubre la tierra no alcanza a beberse el néctar despiadado del cielo.
No se almuerza en el jardín, no hay paseos.
La intemperie no es resquicio.

domingo


Nosotros los salvados
(2013)
Sobrevivientes de la Shoá 
junto a Jacqueline Goldberg
Poesía documental


Es la escritura del desastre…
Claude Lanzmann en Shoah

Ania Fuchs de Horszowski

En la espera, a mi lado, en el piso,
había un bebé,
un bebé envuelto en sábanas.

No lloraba.
Vivía pero no lloraba.

Me mandaron a recogerlo,
se sabía que iba a morir.

Las madres jóvenes dejaban a los bebés
pensando que quizás otros los recogerían.
O pensando salvar su vida.
¿Pensaban?

Tuve a ese bebé en mis brazos
por algunos minutos, no muchos.
No lloraba, no vi su rostro.
O quizá lo vi, no recuerdo.

Luego llegó un Gestapo,
dijo que devolviera el bebé al piso.
No sé cómo pude.


Abraham  Spiegel

En aquellas caminatas entre campo y campo,
al que no podía andar lo mataban.

Mi amigo cayó.
Yo lo cargaba.
Lo cargaba y caminaba.
Caminaba mientras lo cargaba.
Se caía y lo levantaba.

Sabía que no debía abandonarlo.

Pero ni él ni yo pudimos más.

Se cayó,
no lo cargué,
no caminamos.
No pude más.

Seguro lo mataron.


Trudy Mangel de Spira

Tenía los dedos del pie congelados.
Para evitar más infección
—o para torturarme—
me los cortaron sin anestesia.
Grité.
Me taparon la boca para que no gritara más.

La herida pasó mucho tiempo abierta.

El dolor constante
se ha convertido en parte de mi vida. 
Hay noches en las que la sábana
me pesa sobre los muñones.

El dolor es tan parte de mí,
que no imagino cómo puede alguien
andar por el mundo sin dolor.


Leer todo el libro gratuitamente en diversos formatos en: https://www.smashwords.com/books/view/308471

martes

Postales negras

(2011)

En mitad de la vida sucede que llega la muerte

a tomarle medidas a la persona. Esta visita

se olvida y la vida continúa. Pero el traje

se va cosiendo en el silencio


Tomas Tranströmer


El agua, su antelación


Después de las postales nada habrá.

Si acaso la huella de una desaparición.

Oleaje acorralado.


Quiero hablar del agua.

Su antelación.


Se trata aquí de agua entrampada.

Ajena a los océanos, los estuarios, los canales bifurcados.

Agua que no susurra, púrpura.


Agua represada en la maraña de unas postales.


Agua que no mana, no recorre, no se mezcla.

Sangre de un sacrificio del que no nazco ni muero.

Suspendida, carcomida por líquidos todavía innombrados.


Agua que no es.



El agua o el libro


Escribir sobre las postales es escribir sobre una desesperación.


Mi deseo es muy antiguo.

Viene de cuando me indignaban los caudales.

También de mis recientes horas de enferma.


La escritura reordena el cuerpo,

lo corrige, lo borra.


Las postales padecerán mis dolores.

Los que tendré cuando me saquen de mí.

Se acostumbrarán a su nueva infertilidad.

Pero dirán. Por fin dirán.

En ellas remendaré una amatoria sin fugas.

Dedicada al inicio, al devenir de las preguntas.


Habrá un libro. El anhelado.

El de las postales y los artilugios de la claridad.

El que mienta sobre las razones que lo limitan.

Libro último, tan mío y tan de otros. Negro.


Vuelve.

¿El libro?

Su silencio.

¿El libro de las postales?

Nunca el mismo.

El desleído, el incauto, aún no merecedor.



El lugar primigenio


Olvidé que provengo del agua. De un lago. Orilla putrefacta.

Hablé de París, Brujas, Ámsterdam, Praga.

Dije de una contradicción. Por perverso olvido.


No digo Maracaibo.

No sabría decir Maracaibo.

Pese a tanta agua.

Donde no fui.


Recuerdos hay. Historias hay. La ciudad persiste. De cuando en cuando vuelvo al lago, camino sobre él, lo interrogo desde una terraza.

Pero triunfa un desconocimiento, cierta conmoción.


Los poetas hablan de sus comarcas natales.

No yo.

Los poetas se fracturan el cuello al rebosar la infancia.

No yo.

Los poetas añoran una calamidad.

No yo.


Miedo, se dirá.

Ausencia de deseo, acotaré.

domingo

Día del perdón

(2011)

El que no ayune ese día

será exterminado de entre su pueblo

Levítico 23;29


Amar a los demás es tan vasto

que incluye incluso perdón para mí misma,

con lo que sobra.

Clarice Lispector


(Víspera de Yom Kipur)


Lloverá como no debe llover a esta hora,

cuando tantos caminan de regreso a casa.


Es la solemne víspera de Yom Kipur,

Día del perdón,

de hundir el desarraigo, la amargura.


¿Castigo?

¿Uno más?


Pienso en ortodoxos

deslizándose por avenidas empozadas.

Ellos y sus bellas esposas.

Ellos y sus docenas de niños

con rizos sobre las orejas,

sin pestañear,

entre los barrotes del chubasco.


Pienso también

en quienes van al templo en automóvil.

Limpiarán lo empañado

con enojo y vestidos de estreno.


Siempre se estrena en Yom Kipur.

Para que nadie hable.

Para que hablen bien.

Para que Dios no se acerque demasiado.



(De inmediato)


También yo estrené alguna vez faldas de tafetán

y me contorsioné entre tías rezanderas.


Fui en mullida carroza

a rogar imposibles.


Padecí la brutal conmoción de los prejuicios.



(Después)


No debió llover.

No así.


Es como si el ayuno comenzara en la piel

y el agua estuviese curtida de culpas.



(Luego)


Hay una mujer encerrada en su habitación,

de espíritu agrio,

párpados pegados a la ventana.


Diestra en mirar lejos,

se esfuerza en ver hacia adentro

—la fecha obliga—.

Nunca halló el ser interior

del que hablan los manuales.


Soporta,

persigue un atajo que salve.

Rezará en una lengua que no sabe ni la abraza.

Irá hasta el asco y el dolor.

Todo, con tal de arrojarse lejos de sí.



(Más tarde)


Llueve aún.


Pienso en quienes

aceptan abismarse el pecho.

Pecadores ambidiestros,

se reconcilian con cierta fragilidad.



(Mientras)


Mis culpas son otras.

No me persiguen,

adosadas a la inclemencia

de otras lluvias,

otras plegarias,

otro destierro.


Quizá debas perdonarme, Señor.



(Yom Kipurm 7:00 am)


Un solazo inmóvil fisura el ánimo.


Muchos caminan hacia el templo.

Sus vísceras comienzan a entonar

una sobrecogedora humildad

que sólo hallará consuelo con la primera estrella.



(Luego, apenas desayuno)


Soy sacrílega,

de vano resbalar.


No ayuno,

no ruego,

no pongo en jaque mi esperanza,

me maquillo con arena.


Escribo mi nombre en un libro profano,

mi epitafio en efímeros paisajes de provincia.


Mi signo está al revés,

por eso tiemblo y desconozco las herencias

que me han sido propinadas para sobrevivir.



(A media mañana)


Debería orar junto a los demás.


Malgasto la siesta

poniéndome a tono con las pesadillas.


Parece que la ciudad

conociera la duermevela de Yom Kipur.

Los autos andan más lentos.

La gente se abstiene de atrocidades.


Un gimoteo

se cuece en el vaho de los muros.


¿Escucha Dios el fervor de nuestras ambiciones?

¿Sabe cuán obstinados somos?

¿Escucha el arrepentimiento

de quienes pasamos la tarde en una cama,

dosificando el desamparo?


Dios atiende mis súplicas.

Nunca me dejó sola.

Lo sé, porque tengo un hijo con ojos de albahaca,

porque respiro sin dificultad,

porque el hombre que amo besa mi frente a medianoche.



(1:00 pm)


He lavado mis dientes,

he bañado mi cuerpo con miel.


Hago lo prohibido.


Soy de ofrendas dichosas.



(1:35 pm)


De haber cumplido

con los sagrados preceptos de este día,

no estaría escribiendo.


Me retracto.

He huido tantas veces.


Ardua es la fidelidad a la memoria.


Quedan intemperies.

Alguna vez iré tras ellas.



(4:00 pm)


Nada que decir.

Las cuentas pendientes

las desabrigo en soledad.



(6:15 pm. Oscuro ya)


¿Será bueno y dulce mi año?

¿Habré despreciado un perdón?

¿Y si me hundo, me arrepiento?


Absuélveme, Dios,

por intransigir en la orilla.



(7:00 pm)


Ahora mismo apagaré la luz.

Intentaré un balance de mi alma.


En silencio me escucho.

En la osadía me desnombro.


Confieso que he padecido

alientos perversos.



(Casi al final)


No quedará tiempo,

habré fermentado.


Temo despertar

con una escafandra de alas rotas,

que un destino de islas me acaricie los hombros,

que un día pregunte por mí y sólo halle desacuerdos.



(Tarde. Otro año será)


Ato cabos,

veo que soy feliz.


¿Feliz?

—astuta palabra—.


No puedo quejarme, se ha dicho.

¿Y tú, Dios, te quejas de mí?

viernes

Verbos predadores
(2007)
Hay que creer en el libro para escribirlo.
El tiempo de la escritura es el tiempo de esa creencia.

Edmond Jabès

POÉTICA

De pronto la boca del poeta se cuaja de larvas.
Tanta es su levedad.

Hay que extraerlas una a una,
para que el poema revierta su cauce,
para la vorágine de las calmas heridas.

Han sido muchos los gritos acuclillados,
la índole curva de las exequias.

La frente queda en tierra.
La felicidad es una filiación no tan diurna.

Al enraizar el último fortunio,
habrá que talar el poema que obligue,
como diente, trance voraz.

El poema crecerá en su propio perdón.
Dirá cruces, empeños, viajes. A ras de cierta esclavitud.

¿Y el dolor?
¿Habrá que recuperarlo para que el libro crezca en el libro?
¿Para los tajos de la futura lágrima?

Volver a escribir es ser triste y pretérito,
abundante hasta el fin.



NO SOY LO QUE DIGO

No soy lo que digo sin un origen a cuestas.

Sigue irresoluto el olor negro de mi desarraigo.

Quisiera afirmar
que heredé la clavícula de los iluminados,
que mi estirpe estuvo alguna vez untada de sal.

Me honraría elogiar el deterioro,
arreciar en la humareda de lugares sin nombre.

Pero todo cuanto lamento es mordaza.

No provengo de fulgores antediluvianos,
en los retratos familiares no hay mujeres frondosas.
Las barbas de los bisabuelos
no ocultan magníficas excepciones.
En mi sanguínea coartada sólo hay herrumbre,
locos ensimismados, espaldas encorvadas.

No pueden las herencias infundirme más que escozor.

Mis ancestros se plantaron con muecas de insomnio,
a sabiendas de que los seguiríamos con ojos alambrados.

Aprendieron que no hay errancia sino consuelo.
Vivieron del luto, feroces y míseros
entre las tonalidades del estorbo.



SÍLABAS NATIVAS

Los vocablos que la desdicha
arrojará sobre nuestros cuerpos
son animales pródigos de un desorden biográfico.

No puedo imaginar la lengua que hollará a mi padre
en sus penúltimos jadeos,
ni aquella que me respirará con golpes de amoníaco
cuando se me venga encima el desacato.

Ya la madre había cargado con la otredad del escarnio,
la humillación de decirse sin agüeros cardinales.

Nadie contuvo las sílabas que amonestaban el vientre.



POÉTICA

La nieve que sortearon mis ancestros
es reliquia desdichada que no me estremece.

No hay paisaje entreabierto ni nostalgia
que cumplan la tiniebla
de alegar un sitio en mi vestimenta,
mi desorden, mi fetidez.

Nada de cumbres, penínsulas,
pantanos, arenales traicioneros.
Ni siquiera un pájaro en el estupor abisal.

No hay espina ni montículo que acorralen.

Me relato –si es que punta y vértigo son verdad–
en el glosario escarpado de una distancia.

El paisaje
–esa maldición inmaterial
que llaman paisaje–
es ausencia que zanja venas en las manos,
que cuece el torso con dulzonas corazas.

Y la nieve, que debería remolcarme al ensueño,
me acusa desde su claridad insuficiente,
como si fuese obligante palidecer,
admirar todo viscoso horizonte,
ser la duración, la represalia.



INTENTO DE ORFANDAD

Los viajes dicen de mí como algo aparte,
pero no se trata de huir sino de hacerme en otro lado.

Me aturde la permanencia de ciertos hogares,
lamer afilados trechos con los hombros desgajados.

Jamás me aproximé a las acequias
por temor a una intemperie definitiva.

Quiero emprender aún algunos itinerarios:
ir a una isla en cuyo centro
haya un lago y en él otra isla.
Atravesar un desierto abrumado de cuervos,
un monte de ataúdes.

No exijan que relate la brevedad de una lágrima,
que me destile en frases aumentadas.

Desconozco de qué bilis proviene el hartazgo,
cuál es el brebaje indispensable para aquietarme.

De los viajes mastico el caudal que me conduce,
de los regresos he copiado la espesura.

Toda travesía es intento de orfandad.



ESTADO DE EXILIO

Hay una retahíla de verbos emancipados.

Todo es mío. Lo pestilente y lo liviano.
Todo lo amasé, lo mordí, lo acuné.

Son mías las imprecisiones,
el barro que no amaina,
los hilos de sangre que cuajan el hogar.

Mío lo que despoja,
savia de una tarde avara,
huesos desmoronados en el útero.

Las minucias me las llevo al asco, al exilio de mí.

Las pérdidas no me arrancarán el mal,
no me harán dadivosa ni puntual.

Si me voy cargo con todo,
armo el miedo en otro puerto,
me ensucio para nuevas esperanzas.



POÉTICA

Nunca vi sembradíos de azafrán,
ni sus quejas bastardas.

Más rojo es el augurio que la ceguera.

Los manuales nunca advierten
el desenlace de un reo cuando escampa.
Se detienen en nombres ficticios,
tuercen un mundo sin favores.

No así los libros de poesía,
que no cesan, no conducen, no propician;
amasijo de crispaciones,
pedregal ojeroso de la tribu.



OFICIO DE GUARDIAN

El hijo regresará de un viaje por las marismas del sur.
Debo decirle que su tortuga ha muerto.

Juro que cambié a diario el agua,
ofrecí lechuga y relumbrones de mis horas de fiebre.

Incluso hablé al solitario reptil
sobre la incapacidad humana de aferrarse a los equinoccios.

Produje olas en su mínima ensenada,
zambullí guijarros y soldados de plástico,
para que no extrañara el alboroto de las tres de la tarde.

Vano intento: la tortuga amaneció azotada.

Tardé pensando su dilución
–en mi infancia sepulté pájaros y perros,
aún me duele pisar su ausencia.

Cómo explicar al hijo recién venido de los caudales
que la muerte es un músculo ejercido sin utensilios.

En secreto agradezco que el animal haya claudicado,
no sirvo para guardián de otro porvenir.
Nunca soporté su quietud, su albedrío mentiroso,
su coraje para durar
en la oscura artillería doméstica.



FIEBRE

El hijo empeora durante la siesta.
Sus párpados resbalan sobre venenos tibios.

En el desfallecimiento exige agua, abandono.
Llora sin que arda
la lengua púrpura de su precoz vejez.

De su garganta supuran raíces.

Han sido siete noches
de fatigas al pie del desamparo.

El hijo nada sabe de muecas esdrújulas.

El padre quiere dormir, volver a los umbrales.
La madre es una claridad anterior.
No soportan
las horas hervidas del encierro.
Fieras desencontradas, se arquean a mansalva
con gritos más antiguos que su desamor.

El pequeño, ya infectado de simulacro, se niega a tragar.

Vendrán disgustos.
El hambre cumplirá sin retraso su misión de costra.
Pasará incluso el perdón.



EL VERDOR DEL ANIQUILAMIENTO
A Alexis Romero

Cuando un árbol se desploma frente a uno
es porque en algún remoto lugar
hay una casa sobornada por el frío.

Los follajes recientes no claudican,
dejan para luego la prudencia de la savia.

Tampoco aguaceros repentinos
acaban con el dramático porvenir de las copas.

Pero un árbol
–digamos un abeto, una acacia, un samán–
no revierte el orden de los designios,
no se estremece en la gravedad de la niebla,
no pretende la infinita duermevela de los desiertos.

Un árbol se desmorona sin gracia,
jamás teme torturarse por error.

Si contemplamos su fatiga,
si alcanzamos a presenciar su crujir postrero,
es por un hábito de transcurrir en otra identidad.

Nunca comprendimos la maldición de persistir
en el verdor del aniquilamiento.
Pasamos de largo,
sostenidos por los desmanes de una tarde última,
ajenos a la frondosidad.
Cuando un árbol ha perecido a nuestro lado,
cuando poco faltó para que nos fustigara,
se olvida la soledad de esa pequeña catástrofe,
el impúdico gemido que en adelante sólo incumbe
a las aves, las ardillas
y a quien recogerá aquel inútil desastre de hojas.



ARRUINADO EL DÍA

El viaje / o nacer.
El viaje / o la piltrafa.
El viaje / o la rendición.

Guardo enjundias.
Voy haciendo verjas
de improvisadas circunstancias.

Hay tantas maneras de desunir.

Me empiezo a mitad.

He emprendido otros desbarros:
me sacaron de mi casa,
me arrancaron la ropa,
me tatuaron una cifra,
me gasearon,
me incineraron,
me convirtieron.

Volví carne de lobo,
vaciada en hiel,
creyendo.

Dije «estuve en las fauces».

Mentira fue la luz,
el resguardo,
la fiereza de las visiones.

Mentira la llamada,
el que vendrá.
También la cicatriz que deja la víbora.

Acaso me preguntaron si deseaba escribir,
desatar,
cuidar un monte.
Sí podía.

Nadie quiso saber si regresaba entera.

Me asquearon temprano.
Me otorgaron horas crudas.

Fui descreída,
a tientas me tuve de cabeza.

Vi torcer un pan, un lloro.

Así mis renegridas palabras y sus finales,
mis simplezas de amolador,
la grava tendida de los cuerpos,
virados sin sombra, sin afán.

Y pese a todo,
un rumor lengua adentro,
muy adentro,
pequeño,
torpe,
desheredado.



ESTADO DE GRACIA

La poesía agorera de todos los días,
cómo se salva,
cómo anuncia una fe.

Se decanta en el sinremedio de los comienzos,
en alardes venenosos.

Es el primer gran desconsuelo.

La escritura aminora los verdaderos hallazgos,
fósil su ilusión.
Discurre entre alimañas.

Siempre alguien acunó
mi incapacidad para guarecerme.

La maternidad ha ensalivado unas pocas horas.
De ahí que me vigile,
de mareas acicalada,
interrumpida,
en asqueante estado de desgracia.



POÉTICA

Arados los poemas,
arados los filos ya arados de una tarde en Estambul.

O en Bucarest, qué importa.

Igual nunca iré,
ya nunca más iré a otra envergadura que no sea propia.

La huida se forja en la cintura,
nunca en los pies, como creen los abandonados.

Jamás se cruza un río con las caderas adormiladas,
tampoco se hace uno reincidente de las frondas.

Por eso echarse a la porfía
conlleva el riesgo de legar flores o escrúpulos.

La errancia está en el poema que rumia infeliz.
Y el poema, más allá,
bestia vidriada, conjetura desertora,
siempre está de paso.



LOS REVESES DEL ESCUCHA

Ha llegado la tarde saturnal de librarme del escucha,
lanzar la espuela apenas interior.

Hemos sido impiedad plomiza,
comensales dadivosos de una familia
que no llega a resguardo.

El escucha habrá de perderme para siempre.
No yo a él.

Abdicantes de epítetos frondosos,
nos serviremos a la hora
en que concurren las añoranzas,
seguros de preceder.

Se parece el silencio a la maldad.

Mi anhelo es aquietar.
Que no hayan más poemas tramposos.
Que de la casa incendiada permanezca el motivo.



POÉTICA

Finalmente las historias más terribles se decantan
y un precipicio mana del titubeo.

Así se vierte el otro en nosotros:
de la angustia a la holgura.

La identidad está en el pelaje del libro,
no en los argumentos,
ni en magros antónimos
que desvestimos de futuro o cansancio.
Autopsia
(2005)
Nada, ni siquiera la imagen de un cadáver,
contribuyó a hacernos modestos.

E.M. Cioran
( )
Hay cadáveres hermosos,
arraigados al fango con mansa memoria irrefutable.
Cadáveres cuyas falanges son dadivosas
y se parecen a la eternidad.

Lástima que el encuentro con ellos
—tan dóciles, tan imperfectamente materiales—
deba sostenerse bajo los dobleces
de libros que todo lo prohíben.

«Si un hombre,
reo de delito capital,
ha sido ejecutado y le has colgado de un árbol,
no dejarás que su cadáver pase la noche en el árbol;
lo enterrarás el mismo día,
porque un colgado es una maldición de Dios.
Así no harás impuro el suelo
que Yahveh tu Dios te da en herencia»
(Deuteronomio 21:22)

Un cadáver es lo inmundo, lo inconfesable.
Maldición en la que concluye toda fiesta acusada de dolor.

«El que toque su cadáver quedará impuro hasta la tarde»
(Levítico 11:24).

Y esa larga tarde inadvertida funda una semejanza:
se es aquel que miramos, mientras lo miramos.
Por eso el cadáver debe ser sepultado.
Para que no nos hinque su pútrida y afanosa armadura.


( )
Hemos sido tantas veces castigados.
Por mirar hacia atrás,
por ventear en el vacío.

El miedo impide permanecer junto a la carne detenida,
respirar un cuerpo que es deserción.

Un cadáver es la conjetura apresurada del pecado.
Amamos un cuerpo,
pero apenas se le asoma la muerte encima,
debemos arrojarlo, olvidarlo.

No importa cuán vasto fue el tiempo de desearlo.

Aquellos que han permanecido junto al cadáver,
insomnes vejados por la niebla,
admitieron el escozor primordial.

Suyo es por siempre el exilio, la brecha,
la imposible coartada.

El cadáver debe volver a la sed,
verter su desierto.


( )
Ocurrió en Atlanta
durante los primeros reveces estivales.
Una niña de veintidós meses de edad
pasó al menos cinco días
jugueteando en torno al cadáver descompuesto de su madre.

Miracle es el nombre de la niña.
Milagro su precipicio, su piel desguarnecida.

La policía la halló un domingo en la noche.

El diario Atlanta Journal Constitution
informó que la niña soportó aquella lanceada faena
gracias a unos pocos alimentos que alcanzó de un armario,
no lejos del cadáver del que ya no bramaban caricias.

Lawarna Stevenson, la madre,
murió de suplicio natural, según la autopsia.
La familia advirtió que se ocupaba poco de la niña,
como si semejante queja sustituyese
los improperios de tantas desalojadas horas.

Tras dos días en el hospital,
Miracle, caída del yelmo de futuros infiernos,
fue dada en custodia al padre.


( )
Un cuerpo se descompone casi dos veces más rápido
en el aire que cuando se halla hincado en el agua.
Y la descomposición en contacto con el aire
es a su vez unas cuatro veces más vertiginosa
que cuando el cuerpo sucede bajo tierra.
La profundidad vierte clemencia en la carne,
resguarda de ciertos pronombres umbilicales.

Las primeras células en fallecer son las neuronas,
las de la piel sobreviven todavía un día mas,
el útero resistirá algunos meses.

No es cierto que las uñas y el cabello continúen alargándose,
por mas hermosos y glaciales que hubiesen sido sus olvidos.

La lengua podría trasmigrar de la boca,
el licor de los pulmones ser expulsado por todos los ojales.

En el estómago surgen bacterias
que no aguardan los triunfos del funeral;
el páncreas cumple el augurio de devorarse a sí mismo.

También en su última mansedumbre
el cuerpo desprende gases verde azulados,
insolencias exageradas para un talle
que se ha dado al goteo de la infamia.

Pero no sólo arremeten huestes domésticas:
moscardones y gusanos acuden al llamado.

¡Pobre carne parda, reiterada de ayer,
supurando ínfimas conclusiones!

Pasado un año, apenas quedan esqueleto y dentadura,
con alguna traza de tejido aferrada.
Y una lágrima de los deudos —sólo una—,
sulfurosa, venerante.

Los huesos demoran aún medio siglo en hacerse minucia.

La sospecha de la carne no es térrea, pero alude.
Su cintura es interior,
su albura maltraída del miedo.
Por eso no se nombra aquí el alma,
ese murciélago transitorio que anida en el salitre,
que truena por imprudente en las astas del pecho,
queriendo vapulear lo que niega,
hundir el celo madrugado en el foso.

¿Tanto ha de fustigarse el cuerpo en su partida?
¿Cómo rehacer la longitud de su tirana inmovilidad?
Pareciera que apuesta a una futura belleza,
a la contradicción de los goces.

Conjuro, miasma extendida en un tendal.
Eso hemos sido. Eso seremos.
Lo que no vemos y se gangrena,
lo que admitimos con palabrones de cal.
Ceremonia desvaída, de nuevo y siempre.
Tragedia que alivia los deberes de la eternidad.