viernes 31 de agosto de 2007

Verbos predadores
(2007)
Hay que creer en el libro para escribirlo.
El tiempo de la escritura es el tiempo de esa creencia.

Edmond Jabès

POÉTICA

De pronto la boca del poeta se cuaja de larvas.
Tanta es su levedad.

Hay que extraerlas una a una,
para que el poema revierta su cauce,
para la vorágine de las calmas heridas.

Han sido muchos los gritos acuclillados,
la índole curva de las exequias.

La frente queda en tierra.
La felicidad es una filiación no tan diurna.

Al enraizar el último fortunio,
habrá que talar el poema que obligue,
como diente, trance voraz.

El poema crecerá en su propio perdón.
Dirá cruces, empeños, viajes. A ras de cierta esclavitud.

¿Y el dolor?
¿Habrá que recuperarlo para que el libro crezca en el libro?
¿Para los tajos de la futura lágrima?

Volver a escribir es ser triste y pretérito,
abundante hasta el fin.



NO SOY LO QUE DIGO

No soy lo que digo sin un origen a cuestas.

Sigue irresoluto el olor negro de mi desarraigo.

Quisiera afirmar
que heredé la clavícula de los iluminados,
que mi estirpe estuvo alguna vez untada de sal.

Me honraría elogiar el deterioro,
arreciar en la humareda de lugares sin nombre.

Pero todo cuanto lamento es mordaza.

No provengo de fulgores antediluvianos,
en los retratos familiares no hay mujeres frondosas.
Las barbas de los bisabuelos
no ocultan magníficas excepciones.
En mi sanguínea coartada sólo hay herrumbre,
locos ensimismados, espaldas encorvadas.

No pueden las herencias infundirme más que escozor.

Mis ancestros se plantaron con muecas de insomnio,
a sabiendas de que los seguiríamos con ojos alambrados.

Aprendieron que no hay errancia sino consuelo.
Vivieron del luto, feroces y míseros
entre las tonalidades del estorbo.



SÍLABAS NATIVAS

Los vocablos que la desdicha
arrojará sobre nuestros cuerpos
son animales pródigos de un desorden biográfico.

No puedo imaginar la lengua que hollará a mi padre
en sus penúltimos jadeos,
ni aquella que me respirará con golpes de amoníaco
cuando se me venga encima el desacato.

Ya la madre había cargado con la otredad del escarnio,
la humillación de decirse sin agüeros cardinales.

Nadie contuvo las sílabas que amonestaban el vientre.



POÉTICA

La nieve que sortearon mis ancestros
es reliquia desdichada que no me estremece.

No hay paisaje entreabierto ni nostalgia
que cumplan la tiniebla
de alegar un sitio en mi vestimenta,
mi desorden, mi fetidez.

Nada de cumbres, penínsulas,
pantanos, arenales traicioneros.
Ni siquiera un pájaro en el estupor abisal.

No hay espina ni montículo que acorralen.

Me relato –si es que punta y vértigo son verdad–
en el glosario escarpado de una distancia.

El paisaje
–esa maldición inmaterial
que llaman paisaje–
es ausencia que zanja venas en las manos,
que cuece el torso con dulzonas corazas.

Y la nieve, que debería remolcarme al ensueño,
me acusa desde su claridad insuficiente,
como si fuese obligante palidecer,
admirar todo viscoso horizonte,
ser la duración, la represalia.



INTENTO DE ORFANDAD

Los viajes dicen de mí como algo aparte,
pero no se trata de huir sino de hacerme en otro lado.

Me aturde la permanencia de ciertos hogares,
lamer afilados trechos con los hombros desgajados.

Jamás me aproximé a las acequias
por temor a una intemperie definitiva.

Quiero emprender aún algunos itinerarios:
ir a una isla en cuyo centro
haya un lago y en él otra isla.
Atravesar un desierto abrumado de cuervos,
un monte de ataúdes.

No exijan que relate la brevedad de una lágrima,
que me destile en frases aumentadas.

Desconozco de qué bilis proviene el hartazgo,
cuál es el brebaje indispensable para aquietarme.

De los viajes mastico el caudal que me conduce,
de los regresos he copiado la espesura.

Toda travesía es intento de orfandad.



ESTADO DE EXILIO

Hay una retahíla de verbos emancipados.

Todo es mío. Lo pestilente y lo liviano.
Todo lo amasé, lo mordí, lo acuné.

Son mías las imprecisiones,
el barro que no amaina,
los hilos de sangre que cuajan el hogar.

Mío lo que despoja,
savia de una tarde avara,
huesos desmoronados en el útero.

Las minucias me las llevo al asco, al exilio de mí.

Las pérdidas no me arrancarán el mal,
no me harán dadivosa ni puntual.

Si me voy cargo con todo,
armo el miedo en otro puerto,
me ensucio para nuevas esperanzas.



POÉTICA

Nunca vi sembradíos de azafrán,
ni sus quejas bastardas.

Más rojo es el augurio que la ceguera.

Los manuales nunca advierten
el desenlace de un reo cuando escampa.
Se detienen en nombres ficticios,
tuercen un mundo sin favores.

No así los libros de poesía,
que no cesan, no conducen, no propician;
amasijo de crispaciones,
pedregal ojeroso de la tribu.



OFICIO DE GUARDIAN

El hijo regresará de un viaje por las marismas del sur.
Debo decirle que su tortuga ha muerto.

Juro que cambié a diario el agua,
ofrecí lechuga y relumbrones de mis horas de fiebre.

Incluso hablé al solitario reptil
sobre la incapacidad humana de aferrarse a los equinoccios.

Produje olas en su mínima ensenada,
zambullí guijarros y soldados de plástico,
para que no extrañara el alboroto de las tres de la tarde.

Vano intento: la tortuga amaneció azotada.

Tardé pensando su dilución
–en mi infancia sepulté pájaros y perros,
aún me duele pisar su ausencia.

Cómo explicar al hijo recién venido de los caudales
que la muerte es un músculo ejercido sin utensilios.

En secreto agradezco que el animal haya claudicado,
no sirvo para guardián de otro porvenir.
Nunca soporté su quietud, su albedrío mentiroso,
su coraje para durar
en la oscura artillería doméstica.



FIEBRE

El hijo empeora durante la siesta.
Sus párpados resbalan sobre venenos tibios.

En el desfallecimiento exige agua, abandono.
Llora sin que arda
la lengua púrpura de su precoz vejez.

De su garganta supuran raíces.

Han sido siete noches
de fatigas al pie del desamparo.

El hijo nada sabe de muecas esdrújulas.

El padre quiere dormir, volver a los umbrales.
La madre es una claridad anterior.
No soportan
las horas hervidas del encierro.
Fieras desencontradas, se arquean a mansalva
con gritos más antiguos que su desamor.

El pequeño, ya infectado de simulacro, se niega a tragar.

Vendrán disgustos.
El hambre cumplirá sin retraso su misión de costra.
Pasará incluso el perdón.



EL VERDOR DEL ANIQUILAMIENTO
A Alexis Romero

Cuando un árbol se desploma frente a uno
es porque en algún remoto lugar
hay una casa sobornada por el frío.

Los follajes recientes no claudican,
dejan para luego la prudencia de la savia.

Tampoco aguaceros repentinos
acaban con el dramático porvenir de las copas.

Pero un árbol
–digamos un abeto, una acacia, un samán–
no revierte el orden de los designios,
no se estremece en la gravedad de la niebla,
no pretende la infinita duermevela de los desiertos.

Un árbol se desmorona sin gracia,
jamás teme torturarse por error.

Si contemplamos su fatiga,
si alcanzamos a presenciar su crujir postrero,
es por un hábito de transcurrir en otra identidad.

Nunca comprendimos la maldición de persistir
en el verdor del aniquilamiento.
Pasamos de largo,
sostenidos por los desmanes de una tarde última,
ajenos a la frondosidad.
Cuando un árbol ha perecido a nuestro lado,
cuando poco faltó para que nos fustigara,
se olvida la soledad de esa pequeña catástrofe,
el impúdico gemido que en adelante sólo incumbe
a las aves, las ardillas
y a quien recogerá aquel inútil desastre de hojas.



ARRUINADO EL DÍA

El viaje / o nacer.
El viaje / o la piltrafa.
El viaje / o la rendición.

Guardo enjundias.
Voy haciendo verjas
de improvisadas circunstancias.

Hay tantas maneras de desunir.

Me empiezo a mitad.

He emprendido otros desbarros:
me sacaron de mi casa,
me arrancaron la ropa,
me tatuaron una cifra,
me gasearon,
me incineraron,
me convirtieron.

Volví carne de lobo,
vaciada en hiel,
creyendo.

Dije «estuve en las fauces».

Mentira fue la luz,
el resguardo,
la fiereza de las visiones.

Mentira la llamada,
el que vendrá.
También la cicatriz que deja la víbora.

Acaso me preguntaron si deseaba escribir,
desatar,
cuidar un monte.
Sí podía.

Nadie quiso saber si regresaba entera.

Me asquearon temprano.
Me otorgaron horas crudas.

Fui descreída,
a tientas me tuve de cabeza.

Vi torcer un pan, un lloro.

Así mis renegridas palabras y sus finales,
mis simplezas de amolador,
la grava tendida de los cuerpos,
virados sin sombra, sin afán.

Y pese a todo,
un rumor lengua adentro,
muy adentro,
pequeño,
torpe,
desheredado.



ESTADO DE GRACIA

La poesía agorera de todos los días,
cómo se salva,
cómo anuncia una fe.

Se decanta en el sinremedio de los comienzos,
en alardes venenosos.

Es el primer gran desconsuelo.

La escritura aminora los verdaderos hallazgos,
fósil su ilusión.
Discurre entre alimañas.

Siempre alguien acunó
mi incapacidad para guarecerme.

La maternidad ha ensalivado unas pocas horas.
De ahí que me vigile,
de mareas acicalada,
interrumpida,
en asqueante estado de desgracia.



POÉTICA

Arados los poemas,
arados los filos ya arados de una tarde en Estambul.

O en Bucarest, qué importa.

Igual nunca iré,
ya nunca más iré a otra envergadura que no sea propia.

La huida se forja en la cintura,
nunca en los pies, como creen los abandonados.

Jamás se cruza un río con las caderas adormiladas,
tampoco se hace uno reincidente de las frondas.

Por eso echarse a la porfía
conlleva el riesgo de legar flores o escrúpulos.

La errancia está en el poema que rumia infeliz.
Y el poema, más allá,
bestia vidriada, conjetura desertora,
siempre está de paso.



LOS REVESES DEL ESCUCHA

Ha llegado la tarde saturnal de librarme del escucha,
lanzar la espuela apenas interior.

Hemos sido impiedad plomiza,
comensales dadivosos de una familia
que no llega a resguardo.

El escucha habrá de perderme para siempre.
No yo a él.

Abdicantes de epítetos frondosos,
nos serviremos a la hora
en que concurren las añoranzas,
seguros de preceder.

Se parece el silencio a la maldad.

Mi anhelo es aquietar.
Que no hayan más poemas tramposos.
Que de la casa incendiada permanezca el motivo.



POÉTICA

Finalmente las historias más terribles se decantan
y un precipicio mana del titubeo.

Así se vierte el otro en nosotros:
de la angustia a la holgura.

La identidad está en el pelaje del libro,
no en los argumentos,
ni en magros antónimos
que desvestimos de futuro o cansancio.
Autopsia
(2005)
Nada, ni siquiera la imagen de un cadáver,
contribuyó a hacernos modestos.

E.M. Cioran
( )
Hay cadáveres hermosos,
arraigados al fango con mansa memoria irrefutable.
Cadáveres cuyas falanges son dadivosas
y se parecen a la eternidad.

Lástima que el encuentro con ellos
—tan dóciles, tan imperfectamente materiales—
deba sostenerse bajo los dobleces
de libros que todo lo prohíben.

«Si un hombre,
reo de delito capital,
ha sido ejecutado y le has colgado de un árbol,
no dejarás que su cadáver pase la noche en el árbol;
lo enterrarás el mismo día,
porque un colgado es una maldición de Dios.
Así no harás impuro el suelo
que Yahveh tu Dios te da en herencia»
(Deuteronomio 21:22)

Un cadáver es lo inmundo, lo inconfesable.
Maldición en la que concluye toda fiesta acusada de dolor.

«El que toque su cadáver quedará impuro hasta la tarde»
(Levítico 11:24).

Y esa larga tarde inadvertida funda una semejanza:
se es aquel que miramos, mientras lo miramos.
Por eso el cadáver debe ser sepultado.
Para que no nos hinque su pútrida y afanosa armadura.


( )
Hemos sido tantas veces castigados.
Por mirar hacia atrás,
por ventear en el vacío.

El miedo impide permanecer junto a la carne detenida,
respirar un cuerpo que es deserción.

Un cadáver es la conjetura apresurada del pecado.
Amamos un cuerpo,
pero apenas se le asoma la muerte encima,
debemos arrojarlo, olvidarlo.

No importa cuán vasto fue el tiempo de desearlo.

Aquellos que han permanecido junto al cadáver,
insomnes vejados por la niebla,
admitieron el escozor primordial.

Suyo es por siempre el exilio, la brecha,
la imposible coartada.

El cadáver debe volver a la sed,
verter su desierto.


( )
Ocurrió en Atlanta
durante los primeros reveces estivales.
Una niña de veintidós meses de edad
pasó al menos cinco días
jugueteando en torno al cadáver descompuesto de su madre.

Miracle es el nombre de la niña.
Milagro su precipicio, su piel desguarnecida.

La policía la halló un domingo en la noche.

El diario Atlanta Journal Constitution
informó que la niña soportó aquella lanceada faena
gracias a unos pocos alimentos que alcanzó de un armario,
no lejos del cadáver del que ya no bramaban caricias.

Lawarna Stevenson, la madre,
murió de suplicio natural, según la autopsia.
La familia advirtió que se ocupaba poco de la niña,
como si semejante queja sustituyese
los improperios de tantas desalojadas horas.

Tras dos días en el hospital,
Miracle, caída del yelmo de futuros infiernos,
fue dada en custodia al padre.


( )
Un cuerpo se descompone casi dos veces más rápido
en el aire que cuando se halla hincado en el agua.
Y la descomposición en contacto con el aire
es a su vez unas cuatro veces más vertiginosa
que cuando el cuerpo sucede bajo tierra.
La profundidad vierte clemencia en la carne,
resguarda de ciertos pronombres umbilicales.

Las primeras células en fallecer son las neuronas,
las de la piel sobreviven todavía un día mas,
el útero resistirá algunos meses.

No es cierto que las uñas y el cabello continúen alargándose,
por mas hermosos y glaciales que hubiesen sido sus olvidos.

La lengua podría trasmigrar de la boca,
el licor de los pulmones ser expulsado por todos los ojales.

En el estómago surgen bacterias
que no aguardan los triunfos del funeral;
el páncreas cumple el augurio de devorarse a sí mismo.

También en su última mansedumbre
el cuerpo desprende gases verde azulados,
insolencias exageradas para un talle
que se ha dado al goteo de la infamia.

Pero no sólo arremeten huestes domésticas:
moscardones y gusanos acuden al llamado.

¡Pobre carne parda, reiterada de ayer,
supurando ínfimas conclusiones!

Pasado un año, apenas quedan esqueleto y dentadura,
con alguna traza de tejido aferrada.
Y una lágrima de los deudos —sólo una—,
sulfurosa, venerante.

Los huesos demoran aún medio siglo en hacerse minucia.

La sospecha de la carne no es térrea, pero alude.
Su cintura es interior,
su albura maltraída del miedo.
Por eso no se nombra aquí el alma,
ese murciélago transitorio que anida en el salitre,
que truena por imprudente en las astas del pecho,
queriendo vapulear lo que niega,
hundir el celo madrugado en el foso.

¿Tanto ha de fustigarse el cuerpo en su partida?
¿Cómo rehacer la longitud de su tirana inmovilidad?
Pareciera que apuesta a una futura belleza,
a la contradicción de los goces.

Conjuro, miasma extendida en un tendal.
Eso hemos sido. Eso seremos.
Lo que no vemos y se gangrena,
lo que admitimos con palabrones de cal.
Ceremonia desvaída, de nuevo y siempre.
Tragedia que alivia los deberes de la eternidad.
El orden de las ramas
(2004)
Toda conversación se inicia con una mentira

Adrienne Rich

—Hay un dios que yace en los trigales de un arduo reino. Jamás nos requiere. Ama a los huidos
—Lo invocamos por adicción. Somos vástagos afligidos, trampeadores de un lenguaje de podredumbre
—¿Certezas que no alcanzan?



—La austeridad de los vocablos que hoy debo pronunciar terminará por espantarte. No puedo sino corregirme en la decepción
—Si te asemejaras al silencio que pretendes
—Sería inútil el sacrificio. Nos arrojaríamos sin comprender la desnudez primigenia, la represalia de ciertos abandonos



—Padecemos el deber de perdurar, el deber del vocablo, del escarnio
—¿Tantos?
—Tantos y muchos más, so pena de que la belleza vuelva a sus inhóspitos caudales, que las fieras aprendan de la carroña



—Hemos recaído en la virtud. Imbéciles, domeñamos la palabra para jactarnos de cuanto ocurre en vano
—Lo peor es ser dignos y desprovistos de cimientos
—Vertebrados por el asco. Suficientes de tanto rigor



—Me incumbe devolverte las garras
—¿Y dormir por siempre sobre el catre de mi veneno?
—Así te conocí
—¡Que me susurre la destemplanza, me abarque la impudicia! Seré heraldo acucioso y traicionero, pulcro a la hora de hincar palabras



—¿De qué escalón se ha prendado la fatiga? ¿Qué migaja de ella traerás a casa? ¿Eres tú quien defiende el rumor de las palabras curtidas? ¿Tú el de la ignorancia?
—Quise cargar con lo imperceptible: frases que maduraron a fuerza de calcinarse. Nada parecido a tu insolencia, tu sed de insulto



—Siglos anduve con la mirada constreñida hacia la tierra, atenazado por un raro suplicio. Mi soledad estuvo signada por ademanes, sobrenombres, desprecio
—¿Para qué hundirte frente a mí?
—Si me sublevo es por coincidir



—¿Quién habla tras un amasijo de músculos remendados por el odio? ¿Quién dispara desde las azoteas presumiendo que la distancia ha de ser embutida por la niebla? ¿Quién traspone la gramática de las aberraciones? ¿Quién, en esta terredad?
—Y a mí, tu otro bocado, ¿quién me salva de los mandamientos, quién me astilla el rostro para que calle?



— Yo, que maldigo y recaigo, que tuerzo el curso de una hormiga para verla enloquecer, doy fe de que hay palabras anegadas en niebla; banderas como magnolias boqueando en los márgenes de la común desdicha
—¿Tu despropósito?



—Habla de tu hambre, del contagio
—Olvidé cómo se miente
—Habla, si puedes, del desangrarse
—¿Y decir que me obstiné, que ahora regento una casa de buitres?
—Mucho más
—Olvidé cómo se infringe la transparencia



—Si al menos quedara ánimo para desertar
—Estimaría ventanas como si se tratara de la arrogancia postrera
—Dirás que de ahí te viene lo adusto
—Aspiro a la perversidad que otorgan las ventanas clausuradas, los pórticos oxidados
—Lo terrible, pues
—Lo humano
La salud
(2002)
Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos

Marguerite Yourcenar


la familia espera en la cuerda floja
en el vientre acicalado
de una sala de emergencias

espera una retahíla quejumbrosa
para luego desarmarse

tantos días fraguando el dolor
el terco dolor

y el enfermo que no muere
ni mejora
ni desespera



el moribundo nos convoca
para recapitular su vida

forzado como está
a respirarse a sí mismo hasta el fin
su confesión es de segunda mano
carece de voluntad
para ocultar ciertas lealtades

en la vastedad del adiós
la verdad es siempre un escándalo



si el paciente emana de su encierro
sabrá que hay enfermeras de piernas largas
que el verano arreció con las quemaduras limpias
que aún es sensato buscar un trago
y pensar en grotescas ceremonias

si sale
si vuelve
si quiere
habremos de animarlo

caerá del cielo
más silencioso
quizá torpe
relleno de habladurías

ojalá pueda
al menos
contemplar las robustas confusiones
el mundo en llamas
que guardamos para su resurrección



llega el momento de la tremenda tristeza

aún en la trastienda
pueden emitirse densos ronquidos

nada importa

da lo mismo hacer el amor con el médico
beber soluciones salinas
resollar en el pecho del agobiado

pareciera que un remolino
te parte la cabeza
y al regresar a la parafernalia familiar
has cambiado para siempre

el mundo puede ser otro
con sólo silbar una sonata

y por encima de eso
—como si la risa no fuese a veces excremento—
sigue habiendo un aire humillante
que destila consuelo



héroe de espléndidas torturas
el agonizante apuntala su fuerza
con turbios brebajes
desanda el solsticio de su embriaguez
para sobornar al extraño

lo visitan primos
lo visitan secretarias

lo visita un cura
un rabino
una puta

a todos responde
desde un angosto arenal
jubiloso e imperfecto

yacer lejos del edén
hace fácil toda languidez
la mueca
la arrogancia



el corazón del paciente
bombea con parsimonia

el nuestro sucumbe a las arritmias
del solazo estival
el tránsito del viernes
las palabras cometidas



si queda alma
la salud será paraíso transitorio

un día más
la carne soporta

y un día basta
para que claudique



la familia espera en la cuerda floja
más unida que nunca
más podrida que antes

su memoria será la del mal

en sus fiestas habrá salitre
un cierto recuerdo
permitido en voz baja
como quien se arrepiente



cuánto estimamos ahora al menguado

reconocemos sus fortalezas
justo en aquello que nunca fue

era bueno
caritativo
honorable
—añadimos haciendo uso de una cronología bochornosa

la trivialidad del momento desanima

todo sentimentalismo se hace repugnante
como lo fuese poco antes la esperanza
como lo será luego la nostalgia



acabaremos de bruces
en cualquier inolvidable furor
con el follaje
conjugado en un pretérito
de mínimas osadías

¿quién habrá de devolvernos
los días negados?

¿cómo zafarnos
del arduo exilio?



la familia espera en la cuerda floja
el veredicto hematológico
la anchura respiratoria
el conteo de las esperanzas



la enfermedad
es el impúdico hallazgo
de quienes temen
a las vacaciones
la contorsión de trajinados días
la brisa dulzona
al escozor merecido

a la perfección



no siempre los hospitales
son cautiverio de bestias amordazadas
reino de pérfidos socorristas

para muchos se trata de un remanso
donde acumular quebraduras



los quirófanos son un sermón
en ese paisaje malogrado
que abarca el padecimiento

se entra con el mismo cuerpo horizontal
que atrinca la muerte

se sale
con los ojos virados
sobre algún amparo
alguna pequeña verdad
que renueva el estremecimiento

el camino
entre la familia y el viscoso recinto
es una medianoche lentísima
un atisbo de terquedad
un lujo que conspira



la sangre se alimenta
de malos agüeros

es río de sal
cielo terroso
palabra que forcejea
con la inútil constancia de los amaneceres

si tan sólo conociera el débil
la bitácora que lo enrumba
los riscos que lo castigan

si tan sólo odiara



huir
ya ni siquiera apacigua al moribundo

alguna vez quiso creer en dragones
cíclopes que se acorralarían en mudez

pero sabe que no hay absurdos
lenguas despobladas

de cuántos goces aletargados
habrá de arrepentirse
ahora que su lecho
despilfarra quejidos

ahora que comprende
lo excesivo de sus asombros



la familia resiste en la cuerda floja

no ya en la duda
ni en la variación del miedo

no en la lágrima
ni en el temblor
de los hombros hundidos

su tibieza ha alcanzado el pudor
el hermoso rostro
de quienes claudican
para luego reconfortarse en olvido

nunca fue en vano la espera

el regreso a casa arderá en la frente
pero será leve
Víspera
(2000)
Miro la cámara.
Mi sonrisa se hace de sal. Una sal
donde estoy de pie.

Raymon Carver


me he vuelto ceremoniosa
han dejado de interesarme los ruidos
el silencio de los demás

prefiero una copa dando vueltas por mi casa
desayunar sin asuntos pendientes
regodearme en eso de ser absolutamente solitaria
absolutamente vieja después de todo

aunque no tenga andares suficientes

quizás en otro lado
el ánimo se recupere

por lo pronto
no aspiro a más rutina
que mi cama deshecha y vuelta a armar
una cierta efusividad que conduzca a ventanales cerrados
al bocado de sal que me hostiga
a mis dientes suplicando cepillo
al cabo de muchos días
muchos encierros
demasiadas ceremonias



si quedara un hombre
uno sólo para después
y la eternidad

corregido en su mínima condición
desechado

si quedase para más nunca
postergado al tropiezo
la triza infinita

si existiese y nos viéramos
y me explicara el secreto que lo mantiene solo
alumbrado y solo
pleno de encierros

si existiese
y pudiese irme lejos
no desear
arrimarme única
sola sin palabras

A Miguel Angel Campos



he sido incierta
pecaminosa
he dado pie a discordias que desencajan

temo terriblemente
poseer cincuenta y cuatro años
completar apenas
la mitad de los saltos
que me han sido asignados
ser famosa
incluso venerable

pero no haber tropezado
sino unas cuantas hemorragias matutinas
no llegar
nunca llegar
cumplir treinta
cincuenta
tal vez setenta años

ser horrendo simulacro



en la víspera de cualquier acontecimiento importante
salvo la furia y mis desiertos

defiendo a dentelladas el permiso de escapar
por si me aburre la falta
el periplo enmendado con que muchos pronuncian
sus recovecos

insisto en mis aplausos
la tardanza que recoge migas

síntomas de una erupción esperada

vuelvo al calor
me maquillo de negro
uso sandalias y mastico en el cine

se me antoja irme seca
desmembrada

vestirme de roca o macho



bastaba cerrar el puño
desdecir el goce

todo venía
todo era palabra

ahora extraño
aquella fragilidad
mis contenidas maneras
de apresurarme
y padecer



hay algo de venganza
en el clima de mi cuerpo
un hábito tribal e innecesario

cierro la vista
comienza el regodeo
nada extraigo nada vale la pena

la pereza me viaja
no quiero salir a buscarme
en el salitre de una frontera

me seduce
la definitiva austeridad de mi habitación
los murciélagos que rajan la bañera
esa marejada cálida de las tres de la tarde

pero la delicadeza va siendo
una posibilidad despreciable
prefiero verme aguerrida
desencajada
ducha en el desprecio



el rigor de perderse
la huida justa
decir cuándo
la piedad es ósea

decir un poco más allá con el rato amaestrado
desenvuelto pero solo

tener el valor de mirar por la única ventana
que da hacia el sur
y temblar para que la sangre
nos calce a todos
para el luto posible

entonces sí
sostener demoras

caerse a malhumoradas palabras
ser reja
menguada pertenencia



caminar por un río
ser ese río

atravesar
el mismo rostro

ser medianamente cuerdo
soportable

al menos de noche
en silencio
Trastienda
(1991)
uno acaba por convertirse
en aquello que más detesta

Juan Gustavo Cobo Borda


a uno le gusta echarse
sobre cualquier intento

saberse lo mejor
universo particular
cielo de infelices

llegan entonces
los elegidos

ofrecen llaves de aire

damos una cita

huimos hacia dentro




decirse virgen
para emocionar al desconocido

asomarle
una ceremonia de vigilias
golpes añorados

merecer
el desquite
aunque se nos caiga el alma

nos persigan para siempre



entiendo por decencia
aquello que más duele

devorarse hasta el escándalo
presentir imprudentes camas

acabar
sin remedio



pertenezco
al otro lado del cuchillo
a la memoria
de ciertos pudores

mi viaje es la ebriedad
del desalmado

herida dispuesta

carne que se echa a los dioses



hablo

por esas palabras
que me cuelgan del hambre

de lo destrozado

noche de barajas



no hablen de huidas
porque de ellas me hago

vuelvo intacta
al desastre natal

no saben

piel adentro
todo es puerta

agua



por ser de mi casa

buena ropa
presencia deseable

distraigo esquinas

nadie quiere arrepentirse
aguantar

esta especie de diálogo
nada



terrenales oficios
los míos

desnudarme

acariciar al otro

repetir las cosas que amo

y detesto



uno termina amando
el fastidio de los cuerpos

se nos llama santas
o putas

intentamos
un homenaje de techos bajos

un descuido
de lo indecible
Máscaras de familia
(1991)

Y sacamos de debajo de nuestros lechos
nuestras más grandes máscaras de familia

Saint-John Perse



alguien
deberá perpetuar mi necedad
ser el vástago

entre ninguno
serás elegido

no habrá preguntas

sólo tú
vuelto náusea



ante la paciencia de ajenos
heredarás mi soledad

te otorgaré
un destino sin pudor

en la escuela
aprenderás a conquistas mapas
a multiplicar esperas

pero sobre todo
aprenderás a rendirte



serás el último
el enemigo

creerás en orillas
abuelos carcomidos por el odio

nada habrá más absurdo
que nuestro pasado



quise prometerte
tierras menos desoladas
una casa sin charcos

mis costras quiebran tu futuro
te engendraré príncipe y desierto
señor de poderosas tristezas

en ti quedarán
gimiendo los siglos
la duda



si alguna vez
por insomne
emprendes ruta hacia el delirio
recuerda que luché por desterrarte
por hacerme un vientre sin rajaduras



te nombro
por domesticar
un tiempo que nos alivie



será inútil mi empeño
habrá noches afiladas
por la ausencia
golpes amargos
sobre las arrugas de la cama

hablaré de mentiras
países masacrados por la dulzura

hablaré y hablaré

hasta pedir perdón

aunque no me creas



tu madre
será mujer muy sola
de ésas que leen
para no morir

andará por la casa
aprendiendo que su cuerpo
no resistirá más goces
que sus senos deberán hincharse
a la hora del descanso

que acabó la vida
A fuerza de ciudad
(1990)
Porque el deseo es una pregunta
cuya respuesta nadie sabe

Luis Cernuda


pertenezco
a una raza de mujeres
que se destruyen
a medianoche

insinúan perfiles
voces rasgadas

son ellas
las que poseen
el triste prestigio
de abandonarse
a la caída
ellas
las que saben
de tiempos
que no necesitan
nombrarse

agotarse

olvidarse



con tantas raíces
llamándome
desde tu cuerpo
sigo intacta
esperando
el desafío



digo de mí

tráfico de grietas
incendio merecido



teniéndome cerca
de espaldas a mi nombre
interrumpida tantas veces
por desconocidos
sin misión
con restos de agua en las manos
y esos locos
ese imperio tras de mí



esos que fuimos
imagen reventada
en la orilla
pasillo
que no conduce
que arranca



rota
en los comienzo
sin tierra
sin nadie que me siga
con la única puerta
atravesada
en la piel

de todos modos
era necesario
crecer sin encontrarnos
pedir a los cielos
otra tierra



pronunciarme
otra manera
de ir por lo bajo

siempre recogiendo
agua ajena

duelen
tus bestias
invadidas
repletas de mí



sin río
sin casa
ni patio
para esperarte



hay un tiempo
de esperas
y calles altas
un hombre
un ángel
un sueño
que escribo
desde siempre
en la madera
del deseo

en los últimos rincones
de lo que
no puedo decir



hay una mujer
destinada a la sombra
que como yo
repite sus rostros
en las grietas
de una calle sin nombre

resistimos
a la mentira
de hacernos las buenas
las del árbol solo

colgamos el miedo y las ganas
y cuando nadie pregunta
cuando nos dejan sostener
raíces en los ojos

iniciamos el regreso

permitimos a extraños
adivinar lo que nos detiene



a esto
le llaman fugarse
pero
—insisto—
lo que duele
lo que asusta
no es la herida cerrada en la mesa
ni el vientre asombrado de una virgen

hablo de mecerse
y dejar caer el deseo

arrojarse uno
con todo y cuerpo
con la lengua recorriendo
un país de sexos inválidos
sin admitir apodos
asuntos indebidos

sin aferrarse
a esos muros sostenidos en la carne
a fuerza de ciudad
Luba
(1988)
Extraño desacostumbrarme
de la hora en que nací.
Extraño no ejercer más
oficio de recién llegada.

Alejandra Pizarnik


I
tomo su herencia
de edades en quiebra
los oficios tristes del abandono

sus muertos


II
más ebria y más sola
sufriendo viajes incompletos
distancias que no resisten otra calle
su puño agotado
su país ardiendo


III
diálogo de pasillos diurnos
raíz
memoria que soy


IV
casi deja su tiempo
en esa casa que nombra en voz baja
mordida por un quejido de gases
una madrugada difícil


V
esa frontera larga y desnuda
que la atravesó

su recuerdo
su patria de trasnocho


VI
no habla de las primeras ventanas
que desnudó su fatiga

para ella todo es escombro
tiempo de elegidos


VII
cambia de sombra
para obligarme a padecer
una herencia a la que sólo se pertenece a ratos
con el cuerpo a cuestas
intentando siempre un segundo desvelo

una estancia en otro lado


VIII
una aldea cambiada de frontera
muchachas escondiendo el deseo
en sus faldas largas

un poco de sombra
un poco de miedo

y Luba atrapándose en un retrato

bella
sola para siempre


IX
vino de muy lejos

sus ojos arrastraban
una fuga de pieles y derrotas


X
busca el tiempo
en que perteneció a la tierra

se deja llevar de un labio a otro
sorprendida ante su eternidad


XI
golpea
se mira y llora

duelen las heridas húmedas
el espacio en que se respira


XII
alza el viejo candelabro
repitiendo las plegarias
de nuestras fiestas más temidas

hunde en su frente el amargo pudor
de haber sido una extraña
sitio de gloria
muro
ceniza


XIII
comprendería ese desvelo
que le inventaron al otro lado del mundo
esas casas de regreso
esperando por quienes no admiten otra muerte


XIV
detenida en las puertas más temibles
esperaba una carta
un desafío

su eternidad


XV
esta noche no intentaremos recordar

se abrirán sombras
caerá el alboroto en la mordedura de sus pájaros

estaremos felices
arrepentidos


XVI
duelen estas ganas de luto

de amanecer recogiendo plumas
en patios ajenos

ganas de ser ella


XVII
ni acercarme
ni consumar en mi lengua
los pecados de su historia

me hago a fuerza de extenderme
por donde nadie pasa ya

me vigila un párpado
un monte
una mujer de sal


XVIII
me asusta la sangre de gallo
espantando espíritus

la condena indecible de su memoria

la pertenencia


XIX
soy oficiante de sus incendios
sábado merodeador
que no se asusta ni grita

viajo en sombra
recorro los techos de sus pesadillas
mi palabra no logra detenerse

ando de cicatriz en cicatriz
buscando algo que nos duela


XX
sus retratos persiguen en mi carne
un poco de esa edad discreta
en que solíamos parecernos todas

bellas
con la única mancha que deja el deseo

acostumbradas a sostener cualquier guerra
en lo más terrible
lo más amado


XXI
suenan lejos los pasos del padre
que la vio vuelta océano

mintiendo para no asistir
a su fatal ebriedad


XXII
me acerco a su lengua dolorosa

amaso un discurso de puertos extranjeros
casas abandonadas al borde de lo presentido


XXIII
hay un sitio atado a su carne
sitio de temblores
y mujeres felices

donde nada recuerdan


XXIV
Luba asiste a cuanto soy
detiene sus raíces

sufre de nuevo
En todos los lugares, bajo todos los signos
(1987)


hay que contar despacio
para volver al cuerpo fundado

del barro podrían surgir las manos
del rincón los pechos

acabamos cubiertos de agua
anunciando fechas propicias
para alejarnos

pero nunca lo hacemos

después es más fácil ser otros
De un mismo centro
(1986)


desenredo túneles
vuelvo
a la edad temprana

crujen
nudos hechos al azar

ahora soy golpe
me extiendo en tu palma
en la precipitación
del último instante

el de la siempre caída




vengo
de un muro
con cuatro sombras

la ventana es la puerta
el ojo
su abismo

entran
y salen
sueños
con desafíos
pegados al paso

quizá esperan
el atardecer
para renovar la danza
que incita al escombro




en todos
los lugares

bajo
todos los signos

crecemos
con el rostro
extendido
sin derecho
a pronunciarnos
a repetirnos



te encuentras

huyes de tu antigua mano

dejas atrás
la palabra erguida
el gesto de no volver



salgo en despojos
del ave

embarco en un sueño
de lunas de azufre

llega la noche
—mansa sobre la espalda—
crea esfinges
en la columna
arrima un paso
me funda en llanto
Treinta soles desaparecidos
(1985)


del origen
al centro
solo
treinta columnas
treinta arpías
treinta soles desaparecidos

luego la luna
que estalla en mi rostro

luego nada
que se consume en tu frente




TRADUCCIONES

CATALAN

(Selección y traducción de Pere Bessó)


Del llibre Luba

XIII
Alces
el vell canelobre
Repetint les pregàries
de les nostres festes
més temudes

Afones
al teu front
l’amarg pudor
d’haver sigut
una estranya
Setge de glòria

Mur

Cendra


XIV
Un es queda
transitant
els mateixos llocs
Som
malsons futurs
Retalls
d’un oceà
detés
en la boca


XXIII
Sóc oficiant
dels seus incendis
Dissabte saltamàrgens
que no s’esglaia
ni crida
Viatge en ombra
Recórrec
els sostres
dels seus malsons
La meua paraula
no aconsegueix detindre’s
Vaig
de cicatriu
en cicatriu
Buscant quelcom
que ens dolga


Del llibre Màscares de familia

IV
volguí prometre’t
terres menys desolades
una casa sense bassals

les meues crostes esberlen el teu futur
t’engendraré prínceps i desert
senyor de poderoses tristeses

en tu restaran gemegant els segles
el dubte


IX
aquesta és la meua certesa
la meua fuita

el deliri
que amanseix els cossos

el punyal
la teua sang empouada

la inlassable hora
de tornar
a les màscares
de família


XII
et duré al lloc
dels meus fracassos

res no hi veuràs
no hi haurà res

però entendràs



INGLÉS


Miami Beach Sunstrokes

(Traducción y selección de Guillermo Parra )

Poet and critic Harry Almela discusses Jacqueline Goldberg's collection Insolaciones en Miami Beach (Caracas: Fondo Editorial Fundarte, 1995) in the essay "Un alegato a favor del desencanto":
"Insolaciones en Miami Beach marks a point of departure in her work. It is perhaps one of the most important collections of Venezuelan poetry of that decade, despite the overwhelming silence that accompanied its publication. Firstly, and from the point of view of the development of Goldberg's poetics, this book represents a deepening of a secular vision of family habits and of the banalization of bourgeois themes. Secondly, within this collection one can find, in all of its crudity, the routines and tastes of a middle class that was very prominent during the last two decades. This is a middle class fascinated by its ascent and by the access to consumer goods that mark and determine its members. These goods are usually characterized by poor taste and occasionally border on kitsch. At times, these poems remind us of Robert Altman's film, Three Women. In this book, there's also an amplification of Goldberg's poetic vocabulary which, from this point on, employs words that are often avoided by poets, whether because of their sound or because of what they signify. The use of everyday language that characterizes this generation of poets depends on this amplification of common words [...]."
The collection is made up of 24 untitled poems, from which I have selected the following eight for translation. Goldberg's book opens with an epigraph by Sam Shepard: "La gente de aquí / se ha convertido / en la gente / que finge ser."

(1)
the balcony is a chunk of Collins Avenue

a view
reduced to extremes
no one notices
during lunch

we watch its blend of bathing suits
we've got towels
tuna sandwiches
Diet Coke

we pause at the dry shot
of an airplane over the bay


(2)
the blonde ladies
shop at Bay Harbor

they choose silk scarves
they'll wear for less than two hours

the shoes are made from Italian leather
the hats brought over from dear England

the Victoria's Secret babydolls
aqua green fuscia black
cost as much
as popcorn tons


(3)
Mr. Jones guards entrances and exits

no other name will do
--for an English course protagonist
worthy of that role--

Mr. Jones is a guachman
ripit egein

Mr. Jones
and his shifts as a doorman
listens bearer of old corpses
maker of strokes and deals
artificial respirator

Mr. Jones-glassdoor

single entrance


(4)
Isaac Baschevitz Singer
spent winters
in the Surfside Tower

we'd see him at his window
two floors down
in checkered shorts and a T-shirt

a nurse
pushed his walker
on certain stretches of the beach

at the time, I couldn't have guessed
that the Nobel laureate chewed gum
and no longer wrote


(5)
Benjamín blew out the seven candles
on a shrivelled apple pie

he denied the necessity of gifts
he serenely accepted the meager party

but he still ended up crying

now I think about the dread
of a McDonald's birthday
of an unbearable and sloppy hug
from grandma
two aunts
three cousins
and five waiters


(6)
uncle Morris died in Manhattan
near the river and the bridges

he chose the casket himself
planned out his final migration

he settled everything
so we could sustain
our weeping as long as needed

weep for him
only a while

because he also insured
future family disputes

his only legacy left to the river and the bridges
hospital window vision

so near the river and the bridges


(7)
my grandmother said she had been
to the Moulin Rouge
and to the Copacabana

also to the Teatro Baralt
when Gardel unveiled
El día que me quieras

she recalled Miami's beaches
as languid pools
at the shores of a shore
without window grown hotels
without so many entrenched old people

she saw herself
inventing scenes
drinking beer
in honor of no one else


(8)
heating up pizza in a microwave at midnight
is a bad omen

boiling water in a bronze baby bottle
weighs the bitter moments

spying on the fat neighbor between shades
warms the ghosts

writing just because
for pure lies
churns the guts
draws smoke
kills the good plague


The Poetics of Jacqueline Goldberg 

By Francisco Javier Pérez

The title announces the disturbance. Attractive and terrible, Verbos predadores (Editorial Equinoccio, Universidad Simón Bolívar/Editorial Boker, 2006), a book of books the gathers all the poetry published by the writer between 1986 and 2006, wants to be seen as a summary of a poetry and poetics achieved in tune with the best of Venezuelan literature today. One and the other, poetics and poetry, consistently run through the pages of this work of high caliber and voracious spirit. The collection that gives the book its title, Verbos predadores [Predatory Verbs], the latest of her work and written with conclusions, announces the metabolic edge of a poetry that exists at the limits of many digestions conquered with bites by words that devour all the securities of happiness and ruminate all their implacable desperation.

Five texts with identical syntagma announce a guide for the laconic and sublime method of understanding poetry and invoking a personal epistemology; a form that sees the world by means of forms. Given all the risks, this poetry theorizes convinced and pleased within an unquestionable knowledge, harvested by a pain recuperated “so that the book might grow within the book.” The poem is a structure that dictates misfortunes that create riddles and dense cavities of the spirit’s maps. The poem’s calligraphy traces the scribe’s diction, which is nothing more than an illegible “boreal invalidity,” possible only with the help of others who allow spelling to arise. The poet recognizes that she writes carried by tremors and that with them she is able to gain height with severity and insolence.

The scientific eye arrives at the unseen (“I never saw saffron plots, / nor their bastard complaints”), at the colors of the oracle (“Augury is redder than blindness”), at the poverty of manuals (“they never warn / of the outcome of the accused when the sky clears”) and the fascination with false names (that “twist a world without favors”). Theory proceeds to assess books of poetry as entities that “don’t cease,” “don’t lead” and “don’t bring about.” Each book of poetry is, effectively, a “jumble of tensions” and “the tribe’s exhausted field of stones.”

Born to loot, this poetics of acknowledgment now boasts of having sown the poems and that they will always be an escape forged in the waist and not in the feet, “as the forsaken believe.” The poem is an unhappy, deserting beast that is always passing through. “In the end the most horrible stories choose themselves / and a precipice flows from hesitation,” she prays at the entrance to the final poetics. “This is how the other pours itself into us: / from anguish to comfort,” seems to be the kind coda. “Identity is found in the book’s coat, / not in arguments, / nor in lean antonyms / we undress of their future or their tiredness” and, again, the animal book is recognized by its coat.

The bloody mission accomplished and worn out, will there be any salvation left for the word, since it is verbs that prey on existence? Here we have a poetry that doesn’t believe in renouncing life in the poem and that denies the postponement of suffering behind aesthetics. The hour of agony has arrived and this magnificent poetry reminds us without contemplations. Its goal is to announce the carnivorous truth.

El Nacional, 21 July 2008


Jacqueline Goldberg ANTE LA CRITICA

La poesía y su doble

Por Luis Moreno Villamediana

Parece inevitable repasar Verbos predadores (Caracas: Equinoccio/Universidad Simón Bolívar, 2007) como un ejercicio de reversiones y avances. En este contexto, la palabra ejercicio no tiene que ver con una deseada destreza sino con la pura fluctuación: lo que a Jacqueline Goldberg le interesa es el itinerario—el complejo mapamundi y sus imprecisiones—y no el mero cumplimiento ni el cierre. Leer las declaraciones de la autora al comienzo del libro supone enfrentarse solamente a una posibilidad: “porque defiendo la poesía como proceso, como mirada que sólo desde el presente es capaz de descifrar su voz pasada, es que presento mis libros partiendo del más reciente—hasta ahora inédito, culminado en 2006 y que da título a este volumen—hasta llegar al inicial, editado en 1986” (14). Ese recorrido es unívoco y quizá inconveniente, porque se fundamenta en una ecuación parcializada: la poética como glosa autobiográfica. Esa elucidación retrospectiva tiene, sin embargo, una ventaja: demuestra que en toda época lo personal es inestable. Acatar el proceso que Jacqueline Goldberg propone implica, por eso, una primeriza conmoción; al trastocar el orden de presentación de sus libros, por la razón que sea, ya se nos dice que la cronología no es un valor absoluto, que la genealogía puede ser admitida únicamente como tesis movible. A partir de tal aceptación, no es una destemplanza indicar que Verbos predadores de hecho reivindica el procedimiento que se llamó bustrófedon—un régimen que continuamente apela al intercambio de la portada y del colofón; en fin, lo transitado.

En ese proyecto de lectura, un imaginario punto medio vale tanto como cualquier cota. De los trece libros de poesía de Jacqueline Goldberg, Trastienda (1991) es el número siete; de los veinticinco poemas de esa obra, éste es el número trece:

LLEGO SEDIENTA
buscando algo triste

un bolero
quizá (247)


La superstición numerológica es menos importante aquí que la gramática. A diferencia de otros textos, en esas líneas la brevedad no es omisión. En los primeros libros de Goldberg, en muchas ocasiones se puede sentir que aquello que parece contención resulta, más bien, escamoteo: lo ausente no es en verdad una sospecha del universo confuso e inagotable, sino la profesión de una literatura retraída. En las líneas citadas hay una narrativa: se logran adivinar el desamor y la dubitación sin necesidad de enfrentar los pormenores de una historia. Hay, además, una simetría en las estrofas y una confrontación de contenidos: al inicio, la seguridad del deseo y la aflicción; después, el titubeo ante el remedio. En el adverbio final se reúne un principio de escritura.

Lo que se pueda revisar a partir de ese hito, en cualquier dirección, a lo mejor confirma algunas intuiciones. En Luba (1988), la trayectoria de una migración se declara incompleta; como su abuela, Goldberg es una extraña cuya herencia ha sido truncada. En fragmentos simultáneamente vitales y verbales se llega a descubrir lo que se es, con toda su carga de sombra y de miedo. En La salud (2002), la parcialidad es orgánica: el cuerpo es una máquina imperfecta, desechable, punible; su descomposición es la mejor señal de una poética que se resiste a la simple eficacia o a la belleza simple. En Máscaras de familia (1991), el futuro es la reiteración de la necedad y el desconsuelo, y el pasado, un simulacro absurdo; el instante en la justa mitad es un estadio crítico, la utopía conformada por la parodia de la ilusión y la nostalgia. Lo que hubo antes se configura como una leyenda indiferente, lo que sucederá puede ser una venganza personal—la materia propia tomando el lugar del mito fundador. Así se define en la obra de Goldberg la depredación.

En libros como Autopsia y Verbos predadores, ambos de 2006, el cuerpo y su fragilidad son el origen de “las resonancias y los balbuceos”. La expresión es de Artaud: con ella compendia algunos elementos que ha de rastrear el teatro en tanto que espectáculo de una tentación. La voluntad de Jacqueline Goldberg no es distinta en las páginas de esos poemarios. La anatomía y el texto son para ella la escena de la peste: “De pronto la boca del poeta se cuaja de larvas” (21). En diversos poemas de título parejo, “Poética”, lo que leemos es justamente el recuento de cierta crueldad sufrida o propiciada: la ferocidad del exilio y la orfandad, del abatimiento y el repudio, del efímero poema. Esas líneas hacen más evidente la abundancia de todos los tanteos, con su carácter de trabajo a la vez revelado y pendiente. Lo que define esos libros es, pues, el doble signo de cuerpo y poesía—de corrupción y de sublimidad. Como buena ilustración, las páginas de Autopsia saben combinar la nota periodística y el Viejo Testamento. La impureza propugnada por la sabiduría antigua es resarcida por eventos más recientes: en una parte leemos la historia de la mujer que convivió por varios días con el cadáver de su hermano. En esa avenencia se puede abreviar la tentación, aceptada, de la labor de Goldberg.

Creo que la profundidad de Verbos predadores, tanto el volumen individual como la colección de libros, consiste en esa apología de la vacilación literaria y somática. De algún modo, en su espacio se le restituye a la ruina su objeto formativo, su impulso de negativa energía constructora: “Toda destrucción es conmovedora, incluso aquella que dormita en los árboles y devasta la honrosa estación de los relámpagos”, constatamos en un aparte de El orden de las ramas (110). Lo que emerge de allí es, contradictoriamente, tal vez, el vigor de la propia defección. Lo que Jacqueline Goldberg pueda haber abandonado se convierte en sistema: un plano acucioso de lo que retorna. Si leemos de tapa a contratapa, si empezamos del centro y nos quedamos, si revertimos cualquier plan elegido, cada vez nos topamos con el oxímoron de la poesía que al desaparecer se queda al descubierto—“un rumor lengua adentro” (55). Por varios años ya, Jacqueline Goldberg ha señalado “el verdor del aniquilamiento”, la fecundidad de todo cataclismo, aun el suyo: he allí su dignidad.

Publicado en http://500ejemplares.blogspot.com



Palabras sobre palabras

Las poéticas de Jacqueline Goldberg

Por Franciscpo Javier Pérez

El título inaugura la perturbación. Atractivo y terrible, Verbos predadores (Editorial Equinoccio, Universidad Simón Bolívar/ Editorial Boker, 2006), un libro de libros que reúne toda la poesía publicada por la escritora desde 1986 y hasta 2006, quiere ser visto como sumatoria de una poesía y una poética alcanzadas para sintonizar con lo mejor de la literatura venezolana del presente. Una y otra, poética y poesía, corren en persistencia en las páginas de esta obra de alta tesitura y ánimo voraz. El libro que da título al libro, Verbos predadores, último de los escritos y escrito de ultimaciones, anuncia el límite metabólico de una poesía que está al límite de muchas digestiones ganadas a mordiscos por palabras que devoran todas las seguridades de la felicidad y rumian todas sus implacables desesperanzas. 

Cinco textos de idéntica sintagmática anuncian una guiatura para la parca y sublime gestión de entender la poesía y de invocar su personal epistemología; una forma que ve el mundo por medio de formas. Dados todos los riesgos, esta poesía teoriza convencida y solazada en un saber incuestionable, cosechado por un dolor recuperado "para que el libro crezca en el libro". El poema es una estructura que dicta infortunios hacedores de acertijos y de cavidades tupidas de mapas del espíritu. La caligrafía del poema calca la dicción del escriba que no es más que una ilegible "invalidez boreal", sólo posible con el auxilio de otros que propician el deletreo. El poeta reconoce que escribe llevado por temblores y que con ellos logra remontarse con adustez e insolencia. 

El ojo científico deviene en lo no visto ("Nunca vi sembradíos de azafrán,/ ni sus quejas bastardas"), en los colores del oráculo ("Más rojo es el augurio que la ceguera"), en las carencias de los manuales ("nunca advierten/ el desenlace de un reo cuando escampa") y en la fascinación por los falsos nombres (que "tuercen un mundo sin favores"). La teoría pasa a valorar los libros de poesía como entidades que "no cesan", "no conducen" y "no propician". Cada libro de poesía es, en efecto, "amasijo de crispaciones" y "pedregal ojeroso de la tribu".

Nacida para depredar, esta poética de reconocimientos se jacta ahora de haber arado los poemas y de que estos sean siempre una huida forjada en la cintura y no en los pies, "como creen los abandonados". El poema es una infeliz bestia desertora que siempre está de paso. "Finalmente las historias más terribles se decantan/ y un precipicio mana del titubeo", reza en el pórtico de la poética final. "Así se vierte el otro en nosotros:/ de la angustia a la holgura", parece ser la coda bondadosa. "La identidad está en el pelaje del libro,/ no en los argumentos,/ ni en magros antónimos/ que desvestimos de futuro o cansancio" y, de nuevo, el libro animal queda reconocido por su pelaje. 

Cumplida y agotada la misión sangrienta, ¿quedará salvación por la palabra, toda vez que son los verbos los que predan la existencia? He aquí una poesía que descree de la renuncia de la vida en el poema y que reniega de la postergación del sufrimiento tras la estética. La hora de la agonía ha llegado y esta magnífica poesía nos lo recuerda sin contemplaciones. Anunciar la verdad carnívora es su meta.

Publicado en El Nacional, 21 de julio del 2008




Un rumor lengua adentro

(texto de presentación del libro, realizada el 3 de julio de 2007)

Por Gina Alessandra Saraceni


Una obra reunida no es una obra completa: es un trayecto abierto que traza "el tiempo de la escritura" de un autor, que da cuenta de las cristalizaciones y devenires de esa escritura, a la vez que de sus faltas y promesas, de lo que está a la espera de ser escrito.

Una obra reunida es también una autobiografía de sí misma, de su ser en–obra y de su hacerse obra: continuum que no aspira al punto final sino al desplazamiento y a la búsqueda que dejan abierto el espacio de la palabra, que hacen de la palabra el lugar de un porvenir inconcluso.

Verbos predadores (20061986) reúne la obra poética de Jacqueline Goldberg desde su último poemario que aparece publicado aquí por primera vez y que da el título al conjunto, hasta el primero escrito hace veinte años. Se trata de un libro que escribe su propia arqueología y que invita al lector a recorrer el lento hacerse de una obra poética a través de un movimiento retrospectivo, una lectura hacia atrás que recorre el cuerpo de la escritura desde su voz más reciente hasta su primer balbuceo.

Obra que cuenta su genealogía y se arriesga a mostrar las continuidades, obsesiones, hallazgos que tejen la trama de su historia; libro que se reescribe a sí mismo a través de un trayecto invertido que desde el presente avanza hacia el pasado como si desandar el camino de su construcción fuera un modo de mirarse a sí misma a través de "una posterior clarividencia" capaz de capturar lo que en su momento no se pudo ver, lo que sólo el futuro puede revelar.

Leer la obra de Jacqueline Goldberg según esta ruta invertida implica rastrear las distintas capas que la conforman, los estratos que sus derivas han creado; se trata entonces, no sólo de leer hacia atrás sino también de leer hacia adentro, hacia el adentro del poema, hasta su hueso que supone el cuerpo que falta, la falta que todo poema intenta decir.

Atrás y adentro, genealogía y arqueología conforman una simultaneidad indecidible que nos convoca a entrar en este volumen para recorrer la memoria poética de una de las voces más sólidas y prolíficas de la nueva generación de poetas venezolanos.

Al elegir la inversión cronológica como modo de ordenar su producción poética, se arriesga a avanzar hacia atrás, a subvertir la idea de progresión que toda obra reunida o completa supone, y proponer la de retrospección, la reescritura, la excavación como otro modo de volver a la propia memoria poética y mirarla críticamente.

Verbos predadores es también la historia de una voz y de cómo esa voz aprende a hablar múltiples lenguas que se articulan en cada poemario para mezclarse, citarse, combinarse, traicionarse.

Voz inconforme que experimenta registros discursivos distintos, que explora temáticas diversas –el origen, la familia, el desarraigo, la cultura burguesa, la maternidad, la relación amorosa, la enfermedad, la muerte, la cotidianidad, entre otros–, que no se satisface diciendo "yo" –si bien muchas de la obras se enuncian desde la primera persona singular– sino que necesita asumir la deuda con el "nosotros" que lo constituye.

Voz que se declara en falta y que se construye a partir de esa falta pero que no se complace ni se regodea en su desnudez –existencial, cultural, afectiva–; no apela a la carencia y "a la intemperie definitiva" para justificar su desacomodo y orfandad, sino más bien encuentra en lo incompleto y precario, en lo que se resiste a la permanencia, un desafío.

Aquí no hay lamento ni resignación ante la incertidumbre y el fracaso que conforman la realidad y el ser; tampoco frustración por no alcanzar la plenitud del canto. "Andar a tientas" es para Goldberg un modo de hablar; "la errancia", una forma de escribir ("la errancia está en el poema que rumia infeliz"); "el temblor", un modo de desafiar los lugares comunes del sentido ("...si no temblara no escribiría...

"). El poema "siempre está de paso" tanto como el yo poético que busca las raíces de su sangre para mostrar su inconformidad ante la herencia –familiar y cultural– que lo constituye. "Me empiezo a mitad" dice esta voz que reconoce en el entre-lugar su espacio y su nicho: estar "entre" las cosas, habitar el "entre" del lenguaje implica una resistencia al relato totalizador que se cierra sobre sí mismo con la pretensión de revelar una verdad, también una resistencia a la permanencia como estado de satisfacción y plenitud.

Goldberg desenmascara trampas y rituales que "sujetan" al individuo en roles y convenciones que lo hacen "ser"; desmiente, deconstruye, sospecha de las certezas y de las verdades que nos constituyen y de nuestra complicidad con aquellos credos y valores que nos aseguran un lugar: "De la hoja de la vida todo debe ser desmentido/para que permanezca"; reconoce la insuficiencia del lenguaje para traducir la realidad y no se rinde ante este límite, sino más bien, lo aprovecha para aprender a hablar de otro modo, cada vez.

La suya es una poética del desacomodo y de la inconformidad: aquí la madre, la hija, la nieta, la amante, la escritora, la mujer, la extranjera, se miran a sí mismas con ojo vigilante; capturan el punto de quiebre, la rasgadura que atraviesa el edificio que habitan; se saben deudoras de una herencia e intentan responder a la responsabilidad que ese legado exige mostrando la necesidad de interrogarlo y asumirlo de una manera crítica.

En este sentido, la obra de Goldberg dialoga de cerca con otras voces de la poesía venezolana contemporánea como las de Yolanda Pantin, Martha Kornblith, Carmen Verde, Beverly Pérez Rego, Gabriela Kizer y traza una conexión imprevista con poetas como Vicente Gerbasi y Antonia Palacios.

Su poesía nos interpela desde distintos lugares y espacios; nos muestra cómo "la escritura aminora los verdaderos hallazgos"; cómo sus manchas y fracasos cuestionan la transparencia del lenguaje ("Los poemas taladran/con su marasmo de infamia definitiva"); cómo "la sed" y "el desierto", la enfermedad y la intemperie son condiciones para adquirir una experiencia más crítica de uno mismo y de la palabra con la que el sujeto se nombra. Acercarse entonces a Verbos predadores es al mismo tiempo, leer todos los poemarios de Jacqueline Goldberg y leer un nuevo libro que reescribe los anteriores para darles otra vida, para mostrar que en la "repetición" de la palabra, en el regreso de una escritura a su memoria hay un hallazgo: descubrir el carácter abierto del pasado y de sus obras, su potencial inédito e imprevisto que muestra cómo el sentido de la palabra poética todavía está por decirse.


Publicado en Papel Literario, El Nacional, 7 de julio de 2007


Verbos predadores

Jason Maldonado

Una de las principales palabras que se me ocurre para referirme a la poética de Jacqueline Goldberg es “contundencia”, y la inevitable pregunta cómo es posible lograr dicha contundencia con esa brevedad tan aplastante. Siempre supe quién era, de sus libros y otros etcéteras, pero vaya usted a saber por qué nunca la había leído. Llega a mis manos Verbos predadores (por cortesía de la Editorial Equinoccio la cual está haciendo un trabajo formidable) y he quedado prendado de una poética única y me atrevo a decir que inalcanzable. Tuve la suerte en días recientes de charlar con ella un rato y le dije personalmente cómo era posible que me hubiera perdido todo este tiempo de su trabajo…

En todo caso y saliendo de la anécdota, esa contundencia a la que me refiero va turnando en su quehacer semántico diversas emociones que van desde las producidas por el exilio, hasta el desamor, desde la muerte hasta la vida fatua, del doloroso amor de madre: Cómo explicar al hijo recién venido de los caudales / que la muerte es un músculo ejercido sin utensilios, dice en su poema “Oficio de guardián”; al doloroso amor de mujer: SI QUEDARA UN HOMBRE / uno sólo para después / y la eternidad, dice en su libro Víspera.

Diversos sentimientos van recorriendo toda la poética de Goldberg en esta antología que tiene la ventaja de permitir ver el cruce de las emociones a lo largo de todos los libros allí presentes, en donde hasta el porvenir es una maldición sobrentendida / de la cual deberemos reponernos, tal como dice en “Lodazal”.

De un libro a otro la palabra ejercida en su poética es precisa y en ningún momento resulta azarosa dentro de cualquiera de sus versos. Su yo poético es evidente, directo, reafirmándose en su carácter de voz hablante. Un yo sumamente intimista, solitario y remoto que no extraña, que se ve a la distancia hasta con gracia: TUVE PECHOS HERMOSOS / que columpian / como milagro enardecido… tuve / por decir la verdad / tesoros nefastos / que ya no extraño. Tesoros de la juventud que quedan en el pasado más no en el olvido y que transmuta la sublime esencia de su placer en tristeza: HASTA HACE MUY POCO / cavé fosas en estratégicos puntos de mi piel…en mis dedos / garrotes audaces / que entonces tenían el triste atrevimiento / de convocar la caricia.

En el poema “El don o el murciélago” la poeta dice que “los poemas taladran” y es justo eso lo que Jacqueline Goldberg hace a través de sus letras, es una constante en su trabajo, un taladrar que hace reflexionar y sentir para beneplácito del lector. Una poesía además que parece auto corresponderse en su propia inmanencia ante lo que transmite, como bien se hace notar en los siguientes versos de “Poética”: La enrancia está en el poema que rumia infeliz. / Y el poema, más allá, / bestia vidriada, conjetura desertora, siempre está de paso. La poesía como algo transitorio pero que deja una huella imborrable a pesar de esa “vidriocidad”, y es justamente eso, el juego de la palabra y el verso que está en un límite constante, en un borde que puede significar esto o aquello, ser felicidad o tristeza al mismo tiempo, ser una “conjetura desertora” o un hecho fáctico.

Son muchos los temas que podemos hallar en Verbos predadores, enfermedad y familia, nostalgia y hastío, pero todos sin duda manejados con una destreza consumada en la palabra que sorprende por el laconismo tan propio de un haikú. Jacqueline Goldberg en uno de sus poemas dice que hablar de uno / avergüenza...y eso / eso jode, sin embargo no sé que opina cuando los demás hablan más que de ella, sobre su trabajo. Lo menos que puedo hacer es reiterar mi admiración por el encuentro con su poesía y cerrar con uno de sus poemas.

 

DEBERIA BAÑARME MUCHAS VECES

hasta desgastar

los lugares atravesados

por su lengua

 

decir

que sudo pesadillas

que no existo

que me arrepiento

 

pero no me arrepiento


Librería Sónica: Marzo del 2009.

http://palabrasyescombros.blogspot.com/2009/03/verbos-predadores.html

Una entrevista

Equinoccio edita nuevo volumen en la colección Papiros
"Intento huir de la poesía fácil"

Por Albinson Linares

La palabra despojada de ripios, el verbo que traza una biografía descarnada y se incrusta en la llanura de un lenguaje sin ocultamientos, son atributos de la poética de Jacqueline Goldberg. En el volumen Verbos predadores, publicado por el sello Equinoccio, la autora reúne dos décadas de escritura, donde coexisten los poemarios: Treinta soles desaparecidos (1986), De un mismo centro (1986), En todos los lugares, bajo todos los signos (1987), Luba (1988), A fuerza de ciudad (1989), Máscaras de familia (1991), Trastienda (1991), Inso-laciones en Miami Beach (1995), Víspera (2000), La salud (2002), El orden de las ramas (2003), Autopsia (2006) y el trabajo que da título al libro.

Ganadora azarosa de la XVI Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre, la poesía de los Verbos predadores, muestran a una autora que maneja con maestría el lenguaje estético: "Es un título que habla del poder depredador de ciertas palabras, pero también de las oscuras fuerzas que canaliza la poesía y que a veces surte efectos predadores en el alma de quien escribe, de quien intenta recuperarse en lo que escribe", comenta la autora.

Varias piezas tituladas "Poética", ya son un manifiesto de las inquietudes de la escritora: "De pronto la boca del poeta se cuaja de larvas./ Tanta es su levedad (...) El poema crecerá en su propio perdón./ Dirá cruces, empeños, viajes. A ras de esclavitud./ ¿Y el dolor?/ ¿Habrá que recuperarlo para que el libro crez-ca en el libro? (...) Volver a escribir es ser triste y pretérito,/ abundante hasta el fin".

El intenso trabajo de lenguaje tras cada verso, es fruto del empeño metódico que Goldberg se ha impuesto: "Intento huir de la poesía fácil, de esa que sale y así se queda y va directo a la imprenta. La poesía es trabajo, mucho trabajo, corrección tras corrección, días enteros en una sola frase. La poesía es obsesión y un ejercicio de cincelar hasta la asfixia (...) Me aterran esos poetas que se creen Rey Midas y publican todo lo que escriben o excretan".

La vida en verso. El tinte biográfico que se respira en los versos de la escritora ha sido señalado por diversos críticos. Al respecto, explica: "Han sido muy biográficos porque he necesitado que así sea. Cada libro atendió en su momento a una angustia, una carencia, un anhelo muy concreto. Es un tema que no deja de preocuparme y ocuparme, porque aspiro a una poesía menos femenina, más universal, que se mire menos el ombligo".

La autora también reflexionó sobre el oficio de la palabra: "La poesía es el espacio en el que cesan las voces, la ciudad, el mundo. Es el espacio para construir otras voces, otra urbe y ojalá otro mundo".

Publicado en El Nacional, 23 de agosto de 2007
Un alegato a favor del desencanto

El domingo 28 de junio de 1998, el Papel Literario del diario El Nacional daba continuidad a la serie El cuaderno de Narciso Espejo con un testimonio de Jacqueline Goldberg, acompañado de una fotografía de su temprana infancia. El texto lo dice todo. No sólo acerca de la fotografía en cuestión. Aquí están todas las pistas, todas las virtudes que su poesía ha conseguido a lo largo de los años. Dice el texto:
Una piscina puede ser cualquier hondura. Un transparente rectángulo apostado con lujos de cloro entre los jardines de un gran hotel. Un diminuto círculo de plástico inflable. Un charco después de la tormenta. O una olla destinada a la lenta cocción de camarones y cangrejos venidos de las orillas del lago de Maracaibo. Cada domingo mi privada piscina abandonaba los fogones desparramándose en el patio de la abuela Luba como rudimentario jacuzzi, áspero acuario donde mi desnudez de fruta asoleada, el jabón, la risa de las tías y la cámara de mis traviesos padres eran los únicos ingredientes de la ya entonces escurridiza felicidad.
Una visión de la escurridiza felicidad es lo que, en fin de cuentas, propone esta poética desde el atalaya de una mujer. Pero no es nuestra intención revitalizar la antigua disputa acerca de la llamada poesía femenina escrita en Venezuela. En cualquier caso, vale la pena señalar lo siguiente: parte de los libros que vamos a comentar conversan con los de algunos publicados por coetáneas de Goldberg, quienes divulgan sus primeros títulos entre los años ochenta y noventa. En estas poéticas, incluyendo la de la autora que hoy nos ocupa, la modernidad literaria se ha sometido a una dura prueba, al ampliar los registros temáticos y la manera de abordarlos. En ellas se pueden leer los alegatos acerca de las preocupaciones vitales y literarias de una generación que, extendiendo los recursos retóricos de las autoras inmediatamente anteriores, profundizaron en la escritura como testimonio. Por una parte, pusieron en escena el cuerpo, la tristeza, la ironía y el monólogo dramático. Por la otra, y esto marca a muchas de esas escrituras, partieron en busca de la recuperación del habla cotidiana en detrimento del habla culta, consagrada por muchas de las poetas anteriores.
Una segunda circunstancia que caracteriza a estas poéticas la constituye el hecho de que sus autoras han disfrutado de los beneficios propios de la cultura citadina, ya sea por la vía formal de la instrucción universitaria o por la vía informal de los múltiples talleres literarios que proliferaron a lo largo y ancho del país en esas décadas. Este acceso a los bienes culturales citadinos implicó, en relación con la generación anterior, un desplazamiento tanto de las materias poéticas como del lenguaje. Debido a eso, las referencias al libro de la cultura están presentes en grandes fragmentos de estas obras. Por otra parte, estas poéticas se desplazaron hacia la interioridad del yo, interesadas en ampliar los horizontes escriturales que tradicionalmente habían sido asignados a lo específicamente femenino. De allí el interés por el cuerpo, por la tradición mitológica que refiere a lo femenino, la preocupación por personajes históricos y el anhelo por testimoniar las dolencias terrenales del amor, en detrimento de un discurso pleno de metaforizaciones de tono idealista que caracterizó a la literatura escrita por mujeres pertenecientes a generaciones anteriores.
Es a partir de estas perspectivas que deseamos conversar acerca de la particular poesía de Jacqueline Goldberg. Autora precoz, su primer libro, Treinta soles desaparecidos, lo publica en 1986 a los diecinueve años de su edad. Su más reciente título publicado, El orden de las ramas, apareció en Madrid en 2003, de la mano de Ediciones Torremozas. Estos dieciocho años de escritura describen una larga parábola que incluye también los siguientes títulos en poesía: De un mismo centro (1986), En todos los lugares, bajo todos los signos (1987), Luba (1988), A fuerza de ciudad (1989), Máscaras de familia (1991), Trastienda (1992), Insolaciones en Miami Beach (1995), Víspera (2000) y La salud (2002). Consideración aparte, pues no serán tocados en estas líneas, merecerán sus libros para niños Una señora con sombrero (1993), Mi bella novia voladora (1994), La casa sin sombrero (2001) y Carnadas, relato publicado en 1998.
Desde sus primeros libros (y esto se ha dicho ya en muchas notas acerca de la autora), la poesía de Goldberg ha estado marcada por la brevedad o, mejor dicho, por la contención. Esta forma, a mi parecer, es muy al uso en poetas que entienden el oficio como una forma del conocimiento y que en Venezuela se corresponde con ciertas líneas poéticas que huyen de lo barroco y lo excesivo. Más interesada en el funcionamiento del artilugio que en comunicar, la brevedad apunta hacia la interioridad del poema. Sus claves reposan casi exclusivamente en los límites marcados por la página, a pesar de su deseo de contactar con el mundo real. De esta contradicción se desprende, en general, esa especie de oscuridad que caracteriza esta forma poética en Occidente. La brevedad busca la consagración del instante, la fotografía mínima del pensamiento y la emoción. Quizás por eso se considere siempre a la brevedad como el filo de una navaja por donde se camina entre los precipicios del logro y del fracaso.
En la poesía de Goldberg, esa oscuridad es evidente en sus primeros libros (Treinta soles desaparecidos, De un mismo centro y En todos los lugares, bajo todos los signos). Pero este juego entre claves internas y mundo real nos parece más la búsqueda de una expresión, la tímida indagación en procura de lo que es, definitivamente, el rasgo principal que caracteriza una obra: la Voz. En este sentido, estos libros nos presentan a un autora más interesada en la estructura y en el precario decir que en su eficacia comunicativa pues, al mismo tiempo, ese decir huye de lo declarativo en beneficio de la contención. Los poemas de esta primera época nos parecen preparaciones para los libros que vendrán. Son ejercicios para la estructura narrativa en la cual experimentará en sus siguientes títulos, donde el tono del desencanto jugará un papel principalísimo.
Logrado ya el dominio de su Voz, la aventura poética de Goldberg se inicia con pasos más precisos en Luba, que narra la saga vital de un personaje que viene del fracaso. En este libro están las marcas y los orígenes de ese viaje hacia el desencanto que apuntábamos anteriormente. Y cuando hemos usado el verbo narrar, planteamos acá una de las características de esta poesía desde este libro en adelante: su deseo de convertir el asunto y la trama en objeto observado desde afuera. Lo que se dice en el poema se presenta como hecho narrado, aun en aquellos donde la voz poética asume la primera persona. Estas narraciones, he aquí el extraño hallazgo que caracteriza a esta voz en el conjunto de sus coetáneas, ocurren justamente echando mano de la estructura del poema breve.
En Máscaras de familia, este proceso narrativo da testimonio de dos personajes, a saber, una madre y su vientre. Ya desde el título asistimos a la desacralización de la maternidad, a la puesta en duda de esa instancia como realización del ideal femenino. En este libro se nos propone un viaje desde lo sagrado a lo terrenal, relatando la historia de una saga familiar desde la esperanza hacia el desencanto.
En su siguiente libro, Trastienda, vamos a asistir a otro proceso de desacralización y en el mismo tono narrativo, pero esta vez el personaje será el de la Amada, como sujeto pasivo del amor. Ahora el texto expone, en distancia, la crudeza de un testimonio donde el yo poético pareciera hablar acerca de otra, cuando en realidad lo hace de sí misma. Además, se ponen en tela de juicio, con su sola enunciación, algunos tópicos burgueses acerca de lo femenino. Esa banalización de tópicos burgueses se desarrollará con más intensidad a partir de este libro.
Insolaciones en Miami Beach marca un punto de quiebre en esta obra. Es quizás uno de los poemarios venezolanos más importantes de esa década, a pesar del estruendoso silencio que acompañó su publicación. Por una parte, y desde el punto de vista del desarrollo de la poética de Goldberg, constituye una profundización en su visión desacralizada de los ritos familiares y de la banalización de los tópicos burgueses. Por la otra, están allí presentes, en toda su crudeza, las maneras y gustos de una clase media muy al uso en nuestro país en las dos décadas anteriores, fascinada por su ascenso y por el acceso a los bienes de consumo que marcan y determinan su membresía, bienes de consumo caracterizados por un pésimo mal gusto y que rozan el kitsch. Por ratos, estos poemas nos hacen recordar aquella película de Robert Altman, Tres mujeres. Hay también en este libro una ampliación del vocabulario poético que, desde ahora, echará mano de palabras poco prestigiadas por la poesía, sea por su sonoridad o por aquello que designan. En esta ampliación reposan las marcas de ese rescate de vocablos cotidianos que caracteriza bien a esta generación de poetas, circunstancia sobre la cual hemos hablado en párrafos anteriores y que nos permitimos ahora explicar con detenimiento. La modernidad literaria heredó de la generación inmediatamente anterior el concepto de poesía como arte del buen decir. Pero, para los escritores de las nuevas generaciones, el vocabulario prestigiado ya era escaso para dar testimonio de otra realidad. Además, en esta aventura se juega la vida el poeta, pues con ese cambio de registros se amplía el horizonte de lectores.
Víspera es el punto de llegada de esta manera de decir, el cual hemos caracterizado por su tono narrativo, su desacralización de los valores de la clase media y el uso de vocablos poco prestigiados por la poesía. Acá toma la escena la madurez, asumida como lo que es, una circunstancia irremediable, que se convierte en reconocimiento de la desolación. La sordidez de las horas perdidas, del recuerdo de los amores en otros cuerpos, el cansancio que causa la repetición de los gestos, la confesión de lo femenino harto de sí mismo, un continuo y doloroso despojarse de las máscaras de la feminidad para asumirse simplemente como cuerpo que transcurre en medio de la desolación.
Debemos finalizar, no sin antes dejar constancia de nuestra admiración por esta poesía que pone en escena un intenso viaje desde la esperanza hasta la desolación, echando mano no de los sentimientos, sino más bien de las exterioridades, de los paisajes, de las muecas y los gestos, tal y como si se tratara de la escritura de un guión cinematográfico. No es sencillo hablar del desamparo. Hacer una poesía desde lo cotidiano y que sepa apuntar hacia lo espiritual desde la estructura de la poesía breve son los signos de esta poesía que constituye un lugar particular en la literatura venezolana contemporánea. Queda ahora esperar, luego de los hallazgos del libro Víspera, una vuelta de tuerca en esta poética que ha sabido desnudar, con dolor y para beneficio de sus lectores, la visión acerca de los vicios y virtudes de una clase social en difíciles trámites de supervivencia.

Harry Almela
Prólogo a la antología Una sal donde estoy de pie.
Universidad Católica Cecilio Acosta, Maracaibo, 2004.



Cegar el halcón

La poesía del resplandor no habla de impactos humanos. Es un impacto. Verbigracia: El orden de las ramas.
Un libro del ejercicio de la sinceridad del vocablo; donde se ha olvidado cómo se miente; donde el odio es perdonado, atendiendo la infancia del rencor. En cada pregunta y respuesta, en cada afirmación y negación están presente la tragedia y fortuna del árbol: el diálogo de las tensiones; la palabra hambrienta; el silencio aspirando ser cuerpo, pueblo o nación elegidos o despreciados; la voz, dígase destino, excavando qué tanto tiene de hombre, qué tanto de mujer. Se escuchan o se presienten los ruidos del comienzo, de la fe y su decepción inevitable; de la luz humana prostituida, apenas se convirtió en mandato, en opaca costumbre. Se persigue un lugar: la calma de la lengua y el lenguaje en los nichos del deterioro.
Allí donde comienza El orden de las ramas, también sucede el orden del lenguaje; es decir, el orden del espíritu. Aquí no hay poemas, sino la contundencia definitiva de un Poema. Sólo uno. Somos testigos afectados de un quiebre formal; confirmantes de los paisajes temáticos, espirituales y estéticos de este gran y delicado temblor de la poesía latinoamericana, que es Jacqueline Goldberg. Cada elemento gramatical es un siervo: una metáfora de quien siempre ha huido, pero ha respirado una obediencia consciente, voluntaria, amorosa, graciosa. De cada verso nos invade la caída: ser elegido para vivir confrontado, negado, expulsado... Lo radical, lo marginal, lo heterodoxo, encantan. No hay calles para la moda, sino para lo originario. Está ausente la palabra saciedad; presente el vocablo. Por ello este estremecimiento, esta desnudez, esta infancia.
Un diálogo para quienes esperan y vigilan los relámpagos. La ausencia del punto y aparte es un orificio natural, para que entre y/o salga el silencio del árbol. Hay un manifiesto desprecio por la sombra disfrazada de claridad; por la claridad que anula el misterio. Cada página es atravesada por el grito de un orden cuya hambre padecemos. Al leerlas oímos el llamado que siempre ha roto nuestra comodidad; nuestra certeza de poseer el aliento, el camino, la palabra y el amor del otro, el poder de conjugar. Así todos se nos marchan, dejándonos apenas la insistencia. Así nos nace el desierto que habrá de restituirnos nuestros rasgos verdaderos, recordando a Edmond Jabès. Angustia de éxodo. Debilidad por el rostro de la tierra encontrada. Esa tierra que sólo es nuestra cuando es de los demás.
La poeta insiste en cegar el halcón. Cada verbo resta una costumbre. Combate los mandatos de la palabra escrita en la piedra. Anhela la cargada de destino. Deja a un lado el sentido muerto. No en balde este diálogo en/desde lo seco. Hay algo que cuestiona la raíz de nuestra comunicación: ¿cuántos somos cuando hablamos? ¿cuántas ramas ofenden al árbol? ¿cuántas ramas brotan de mí? ¿qué es mío en este orden?
Ante El orden de las ramas debemos prepararnos para lo seco. Insistir en el incendio del espíritu. Porque el habla que nos llega es la herencia de la angustia de Dios. Esa angustia que nos hace posible. Ese hilo cargado de lugar y tiempo, llamado mujer, llamado hombre. No hay espacio ni oxígeno para las tan de moda enciclopedias del patetismo, que algunos llaman poesía. En este libro, el asco presencia la reivindicación, el perdón al impostor. Aquí vocablo significa milagro, humanidad; no palabra.

Alexis Romero
Prólogo a El orden de las ramas.
Ediciones Torremozas, Madrid, 2003.




Configurados como sucesivas conversaciones, los poemas de El orden de las ramas materializan la inagotable movilidad de la palabra: la diseminación en el decir y escuchar y la subsiguiente realización. Ajeno al monologar de otros poemarios de la autora, aquí lo decible tiene lugar desde la interlocución; se trata de la errancia de dos voces que a veces contrapuntean y a ratos se desconocen en sus articulaciones. Y entre interrogantes, negaciones, embestidas o indiferencias, ambos hablantes hacen del diálogo un tránsito de afrentas. En el ineludible esparcimiento conversacional se articulan orfandades, extravíos, espantos y perfidias, pero –allende la reciprocidad enunciativa de suplicios y culpas– ciertamente se increpa. Los poemas abren entonces la significación de una práctica del mal desde el lenguaje: un lacerar con palabras para denominar la condición humana.
En su copiosa obra poética, Jacqueline Goldberg reincide en una estructura de narración corta, cuya discursividad se instaura en la concreción de registros propios del desencanto; brevemente sus textos significan la figuración del hartazgo, el fracaso o la desolación, así como la desacralización de la maternidad y los ritos familiares. El orden de las ramas –primer poemario de la autora publicado en España pero adscrito ya a su reconocida trayectoria en Venezuela y Latinoamérica– continúa la concisión escritural y ciertos motivos, pero con la particularidad de denegar la unicidad del hablante. La lectura del libro conduce a un único Poema, una desarticulación de voces que, en efecto, dialogan sobre sí mismas. En este sentido, la enunciación sucede a partir del desdoblamiento de la conversa, y no creo que esta dualidad vocal sea fortuita, aquí donde el maldecir obliga la instancia del otro. Cabe preguntarse cómo sería la lectura en voz alta de un texto como éste, en un intento por diferir la complejidad en torno a la determinación del turno de los recitadores.

Lorena Bou Linhares
Revista de Cultura Lateral. Barcelona, España,
Nº 120. Diciembre, 2004.



El tema de la familia es explorado con dolorosa lucidez por Jacqueline Goldberg (1966). De su poética puede decirse que pretende el desenmascaramiento de la moral burguesa y la mítica del amor. En su rastreo de los orígenes y búsquedas interiores se ubica el poemario Luba (1988) en el que la autora se proyecta en el periplo del exilio de su abuela. El tema de la familia aparece también satirizado en Insolaciones en Miami Beach (1995), contexto muy caro a la clase media de la Venezuela “saudita”. En Víspera Goldberg extrema su percepción hiriente de la realidad, en la confirmación, sobre todo, de la derrota y cese del deseo, además del derrumbe de la memoria afectiva junto con el deterioro físico, de lo que da dolorosa cuenta. En el libro La salud (2002), que mereció el premio de poesía de la Bienal de Literatura Mariano Picón Salas de 2001 (Mérida), mientras se sucede la agonía de un miembro de la familia, la poeta desenmascara, ya sin sarcasmo, los ritos de convivencia (uno de sus libros publicado en 1991 se llama, precisamente, Máscaras de familia).

Yolanda Pantin/Ana Teresa Torres
El hilo de la voz, antología crítica
de escritoras venezolanas del siglo XX.
Fundación Polar, Caracas, Venezuela, 2003.



La poesía de Goldberg encierra el dolor y el triunfo de poder cantarle a los elementos que nos brindan tanto placer como agonía. El triunfo de sentirse ya libre en la edad madura de todas las ataduras que aprisionan a la mujer, se entremezcla con la frustración de ver el cuerpo obligado a sufrir la metamorfosis impuesta por los años mientras que la mente y la capacidad creativa apenas florecen: «ya no soy una cintura angosta/ ni pocos kilos/ he pasado un trecho de amantes/ con sus menoscabadas amarguras/ se han solventado ciertos agostos». Goldberg articula sus versos cortantes y definitivos en palabras que conforman un lenguaje desafiante, al tiempo que hace uso completo de su licencia poética. Las palabras fluyen sin convenciones de escritura performing su propia decisión de vivir fuera de las normas: «me he vuelto ceremoniosa/ han dejado de interesarme los ruidos/ el silencio de los demás/ prefiero una copa dando vueltas por mi casa/ desayunar sin asuntos pendientes/ regodearme en eso de ser absolutamente solitaria/ absolutamente vieja después de todo». Pero lo individual no está aislado dentro de la poesía de Goldberg. La memoria de sus ancestros, la errancia que hereda y que la persigue, se entrecruza con su jornada personal: «lo peor es verse desde el mismo colchón/ y tener la frente borrada/ ser un desaparecido/ un inmigrante/ un recomendado/ un nadie sin respuestas».

Ligia Aldana
Presentación a la lectura Memoria, lengua y palabras:
Prosa y poesía en la biblioteca.
Biblioteca de Broward, Florida, Estados Unidos, 2003.



Jacqueline Goldberg es la poeta del dramatismo autobiográfico y de las biografías cercanas, sentidas, asumidas. Primero la alcoba, espacio donde el amor cae bajo las erosiones de la problematización. Después, el vivir plenamente la experiencia del otro, el entrañarse en ese ser ajeno y propio, transfiriendo para sí las vivencias de éste hasta el punto crucial de tocar su propia carne, su maltrecha esencia. En esos caminos elabora una poética de la dicción explícita, del lenguaje trabajado hasta hacerlo incapaz de ocultamientos, donde se domeña el alma y las pasiones en un canto encendido a la par que prudente, confidente y honestísimo. Es así como en ocasiones el autorretrato emocional y reflexivo en que derivan sus poemas ingresa en la confesión con drama y monólogo, como autocompasión irremediable. Sus textos, sobre todo los más recientes, alcanzan en la irreverencia con lo sagrado, con el propio yo, cotas inusitadas.

Joaquín Marta Sosa
Navegación de tres siglos
(antología básica de la poesía venezolana 1826/2002).
Fundación para la Cultura Urbana, Caracas, 2003.



Jacqueline Goldberg (1966) no le huye al dramatismo autobiográfico, de hecho, la voz hablante de sus poemas es confesional y tiene por epicentro su propia circunstancia. Así ocurre en Treinta soles desaparecidos (1986), De un mismo centro (1986), En todos los lugares, bajo todos los signos (1987), primeros títulos en los que el espacio privilegiado es la habitación, el lecho amoroso, eso que la cursilería suele llamar «la alcoba»; sitio en el que ocurre la danza amatoria que, en la poesía de Goldberg, dibuja las mareas de la entrega y la pérdida, del desengaño y la insatisfacción, de la problematización del encuentro amoroso. Esto, como ya vemos, es casi una constante de la voces femeninas que estudiamos. (…)
La confesionalidad de la hablante no le teme al patetismo, ni a la autocompasión, por el contrario, uno de sus timbres característicos es cultivar esta veta del ego. La sustancia de su palabra poética es la personalidad de la hablante, de allí que el lector asista a una suerte de monólogo sobre la circunstancia propia, sin máscaras frente al espejo, con lo que, además, confirmar una veta de estas voces femeninas: la tentación de Narciso viéndose en el agua, el espejo como campo interpelante. ¿Etapa de afirmación épica de unas voces que en su crecimiento requieren la afirmación de lo propio, de sus territorios privados: el lecho del amor, el espejo, el cuerpo de la maternidad?

Rafael Arráiz Lucca
El coro de las voces solitarias. Una historia de la poesía venezolana.
Editorial Sentido. Caracas, 2002.



Dolor, enfermedad y pérdida constituyen el hilo conductor del nuevo poemario de Jacqueline Goldberg, La salud (Fondo Editorial La Nave Va, Instituto Cultural Venezolano Israelí, Caracas, 2002) ganador de la Bienal Mariano Picón Salas de Mérida, mención Poesía, 2001. Un libro lúcido e intenso sobre el tránsito entre la salud y la enfermedad, la vida y la muerte; sobre ese estar en «la cuerda floja» sin saber si se tendrá el equilibrio suficiente para salvarse de la caída y del abismo (…) Experiencia de umbrales y fronteras, de suspenso e incertidumbre, es lo que el libro busca representar: una lenta travesía hacia esas «vastedades del adiós», donde «la verdad es siempre un escándalo». Éste, según mi lectura, es quizás una de los aspectos más interesantes del poemario: intentar la escritura de lo indecible, decir lo que no tiene palabras para ser dicho: ese más allá del dolor que constituye la pérdida (o la posibilidad de la pérdida) de un ser querido, y ese más allá de la vida que todavía no es la muerte, pero que es casi la muerte, que experimenta quien está enfermo.

Gina Saraceni
«Las vastedades del adiós.»
Verbigracia, El Universal, Caracas,
12 de octubre de 2002.



Acerada, la sintaxis de Goldberg. Tanto como el alma que yace en cada uno de sus poemas. Es la mirada de la noche sobre el próximo día. El ser que en el aparente reposo del crepúsculo teme y se asquea de la inmediatez del nuevo sol. Es el ojo de quien sabe observar con cuidado el horizonte: desmantelada arquitectura, desalojada reciedumbre.

Roberto Martínez Bachirich
Revista Nacional de Cultura.
Año LXII/2001/Nº 319. Venezuela.



La memoria de un pueblo y su genocidio vive en la palabra, y en los vivos, y en la alianza a través del recuerdo de los nombres. La poesía de la venezolana Jacqueline Goldberg está dedicada a Luba, su abuela sobreviviente del Holocausto: son poemas tiernos, breves y efímeros, marcados por la presencia del recuerdo, como si se tratara de la presencia de un retrato constante: es la memoria.

Marjorie Agosin
Las palabras de Miriam,
Ediciones Torremozas. Madrid, 1999.



Luba, un poema pequeño y muy íntimo, requiere un lector sensible e inteligente, uno capaz de apreciar su génesis, testimonio, amor, dolor y renacimiento. Con él y a través de él Goldberg honra su heredad y se conecta con ella.
La tristeza que anega los poemas que constituyen Luba es una tristeza por no tener una vida, por tener que vivir en el exilio y borrar el dolor pasado. El sufrimiento de la supervivencia es la manera como Goldberg rinde homenaje mediante la remembranza y la recuperación de todas las Lubas, todas las mujeres judías a quienes se despojó de su infancia, adolescencia, juventud y esperanza. Mujeres que sobrevivieron al Holocausto, y que sobreviven. (…)
El lector de los poemas de Goldberg se queda con un profundo deseo de saber más, de seguir leyendo, de enterarse de cosas quizá no dichas, de echar luces sobre sombras e interrogantes, de adentrarse en la oscuridad y en las referencias intencionales, volátiles y alusivas que nos ofrece la poeta y que parecen evaporársenos en las manos.

Joan Esther Friedman
Venezuelan Jewish Women Writer and the Search for Heritage.
Passion, Memory and Identity:
20th Century Latin American Jewish Woman Writers.
Edited by Marjorie Agosin,
University of New Mexico Press, USA, 1998.



En la literatura venezolana reciente, el nuevo siglo se adelanta por lo menos en los siguientes escenarios (…) El escenario de los flujos de la migración, donde se evidencia el nomadismo cultural de un canje de fronteras (como se ilustra bien en la saga de retornos que ha levantado Miguel Gomes y en los ciclos que se desplazan en la poesía de Jacqueline Goldberg).

Julio Ortega
Literatura y futuridad.
Conferencia dictada en el acto conmemorativo
de los treinta años de Monte Ávila Editores,
Caracas, 1998.



Fiel al poema breve –con apenas media docena de excepciones, de 50 a 70 palabras– en toda su trayectoria, lo que ha hecho Jacqueline Goldberg ha sido dar mayor carne y anécdota a procesos hondamente emotivos pero inicialmente expresados con cierta oscuridad. También en todos sus títulos, la lectura suelta de cada pieza se enriquece con la consideración del conjunto en cuanto tal, llegando a ser efectivamente en Luba y Una señora con sombrero, potencialmente en los demás –cada uno un poema-libro, con subdivisiones. (…)
Máscaras de familia –treinta y cinco poemas– se inscriben en la órbita de la maternidad vivida como desgarramiento, que de Miyó Vestrini y Márgara Russotto a María Auxiliadora Álvarez y Maritza Jiménez ha dado resultados tan espléndidos. Lo peculiar, es este caso, es que se trata de un hijo aún no concebido, meramente pensado, pero ante dicha posibilidad o proyecto sufre igualmente. Como el sujeto poético, por sus características, es el mismo que el de toda la obra de Jacqueline Goldberg –y pudiéramos referimos, transponiendo del terreno de la narrativa, a una archihablante–, lo que se propone al vástago es una herencia de soledad, duda, tristeza, impudor, miedo, mientras que más que un contexto sociopolítico amenazador, es la sombra de la madre lo que constituye el programa educativo: «te llevaré al lugar/de mis fracasos, seremos tú y yo/en la soledad//un único e imposible lamento: te guardaré/mis ropas de infancia//el olor a muerto/de aquella felicidad». A este hijo que será enemigo, mortaja, muerte de la madre, se le recuerda –por adelantado siempre, en la aventura imaginaria– también que, de entrada, no se quiso tenerlo: luché por desterrarte/por hacerme un vientre sin rajaduras. De alguna manera, Máscaras de familia prolonga la oscilación entre retención y entrega que vertebra esta poesía, aplicada antes a los amantes al hijo.

Julio Miranda
Poesía en el espejo. Estudio y antología
de la nueva lírica femenina venezolana (1970-1994).
Fundarte, Caracas, 1995.



Para hablar de A fuerza de ciudad, el libro de Jacqueline Goldberg (1966) entregado a comienzos de año por Tierra de Gracia Editores, provoca caer en la vieja tentación de machacar sobre las supuestas, convictas y confesas relaciones que habría entre destilación y estilo. Dos vocablos trillados y un recurso parecidamente inexcusable; pero es que en esta jovencísima autora la analogía de sus libros parece sustentar, en cuanto a estilo, el arquetípico proceso de la destilación. Ésta sería su experiencia textual más propia, el devenir procreado y constante donde germinan los aconteceres variables del poema ya extenso que ha ido escribiendo. Así consiste en los textos más logrados de sus primeros libros, escritos en 1985 y publicados dentro de los dos años siguientes (Treinta soles desaparecidos, De un mismo centro y En todos los lugares, bajo todos los signos) e igualmente en los dos más recientes, publicados en orden inverso al de su escritura: A fuerza de ciudad y Luba.
De múltiples maneras, se percibe en los tres primeros libros el ascendiente alcanzado por la experiencia de la destilación en el naciente estilo de poetizar que ya identifica a Jacqueline Goldberg entre los más recientes poetas; pero siempre, tanto en la palabra misma, volcada con cierta lentitud en sucesión perseverante, como en lo que ella aferra para destinarlo a la expresión, todo, tanto el tema como el habla del poema, parece decidirlo una simbolización del flujo verbal cribado, macerado. (…)
El desafío, la provocación al juego y los peligros han recibido dos respuestas precisas en la obra, tan joven y ya casi tan copiosa, de Jacqueline Goldberg; una la del destierro y sus pasiones, encarnados en ese ancestro familiar y arquetipo de lo femenino que desde el purgatorio de la nueva ciudad el azar le asignará, se recobra en Luba: esa antigua y lejana mujer joven que es antepasado mítico. (…) La otra respuesta es precisamente la de esta ciudad que le asigna el azar y se destila en A fuerza de ciudad reuniendo en un mismo trance a las dos mujeres, la del pasado originario y la del poema, ahora confundidas en la voz que las alcanza y las acoge, fusionándolas en un solo destino. Finalmente, como siempre, al poema le toca decidir cuál ha de ser, entre todas las posibilidades, la que se convierta en única: aquella que fuera del poema resultaría inconcebible y que al poema le aporta nada menos que el aliento de la voz que lo habita.

Alfredo Chacón
«La ciudad de Luba.» El Nacional, Caracas,
1 de noviembre de 1990.