martes

Postales negras

(2011)

En mitad de la vida sucede que llega la muerte

a tomarle medidas a la persona. Esta visita

se olvida y la vida continúa. Pero el traje

se va cosiendo en el silencio


Tomas Tranströmer


El agua, su antelación


Después de las postales nada habrá.

Si acaso la huella de una desaparición.

Oleaje acorralado.


Quiero hablar del agua.

Su antelación.


Se trata aquí de agua entrampada.

Ajena a los océanos, los estuarios, los canales bifurcados.

Agua que no susurra, púrpura.


Agua represada en la maraña de unas postales.


Agua que no mana, no recorre, no se mezcla.

Sangre de un sacrificio del que no nazco ni muero.

Suspendida, carcomida por líquidos todavía innombrados.


Agua que no es.



El agua o el libro


Escribir sobre las postales es escribir sobre una desesperación.


Mi deseo es muy antiguo.

Viene de cuando me indignaban los caudales.

También de mis recientes horas de enferma.


La escritura reordena el cuerpo,

lo corrige, lo borra.


Las postales padecerán mis dolores.

Los que tendré cuando me saquen de mí.

Se acostumbrarán a su nueva infertilidad.

Pero dirán. Por fin dirán.

En ellas remendaré una amatoria sin fugas.

Dedicada al inicio, al devenir de las preguntas.


Habrá un libro. El anhelado.

El de las postales y los artilugios de la claridad.

El que mienta sobre las razones que lo limitan.

Libro último, tan mío y tan de otros. Negro.


Vuelve.

¿El libro?

Su silencio.

¿El libro de las postales?

Nunca el mismo.

El desleído, el incauto, aún no merecedor.



El lugar primigenio


Olvidé que provengo del agua. De un lago. Orilla putrefacta.

Hablé de París, Brujas, Ámsterdam, Praga.

Dije de una contradicción. Por perverso olvido.


No digo Maracaibo.

No sabría decir Maracaibo.

Pese a tanta agua.

Donde no fui.


Recuerdos hay. Historias hay. La ciudad persiste. De cuando en cuando vuelvo al lago, camino sobre él, lo interrogo desde una terraza.

Pero triunfa un desconocimiento, cierta conmoción.


Los poetas hablan de sus comarcas natales.

No yo.

Los poetas se fracturan el cuello al rebosar la infancia.

No yo.

Los poetas añoran una calamidad.

No yo.


Miedo, se dirá.

Ausencia de deseo, acotaré.

domingo

Día del perdón

(2011)

El que no ayune ese día

será exterminado de entre su pueblo

Levítico 23;29


Amar a los demás es tan vasto

que incluye incluso perdón para mí misma,

con lo que sobra.

Clarice Lispector


(Víspera de Yom Kipur)


Lloverá como no debe llover a esta hora,

cuando tantos caminan de regreso a casa.


Es la solemne víspera de Yom Kipur,

Día del perdón,

de hundir el desarraigo, la amargura.


¿Castigo?

¿Uno más?


Pienso en ortodoxos

deslizándose por avenidas empozadas.

Ellos y sus bellas esposas.

Ellos y sus docenas de niños

con rizos sobre las orejas,

sin pestañear,

entre los barrotes del chubasco.


Pienso también

en quienes van al templo en automóvil.

Limpiarán lo empañado

con enojo y vestidos de estreno.


Siempre se estrena en Yom Kipur.

Para que nadie hable.

Para que hablen bien.

Para que Dios no se acerque demasiado.



(De inmediato)


También yo estrené alguna vez faldas de tafetán

y me contorsioné entre tías rezanderas.


Fui en mullida carroza

a rogar imposibles.


Padecí la brutal conmoción de los prejuicios.



(Después)


No debió llover.

No así.


Es como si el ayuno comenzara en la piel

y el agua estuviese curtida de culpas.



(Luego)


Hay una mujer encerrada en su habitación,

de espíritu agrio,

párpados pegados a la ventana.


Diestra en mirar lejos,

se esfuerza en ver hacia adentro

—la fecha obliga—.

Nunca halló el ser interior

del que hablan los manuales.


Soporta,

persigue un atajo que salve.

Rezará en una lengua que no sabe ni la abraza.

Irá hasta el asco y el dolor.

Todo, con tal de arrojarse lejos de sí.



(Más tarde)


Llueve aún.


Pienso en quienes

aceptan abismarse el pecho.

Pecadores ambidiestros,

se reconcilian con cierta fragilidad.



(Mientras)


Mis culpas son otras.

No me persiguen,

adosadas a la inclemencia

de otras lluvias,

otras plegarias,

otro destierro.


Quizá debas perdonarme, Señor.



(Yom Kipurm 7:00 am)


Un solazo inmóvil fisura el ánimo.


Muchos caminan hacia el templo.

Sus vísceras comienzan a entonar

una sobrecogedora humildad

que sólo hallará consuelo con la primera estrella.



(Luego, apenas desayuno)


Soy sacrílega,

de vano resbalar.


No ayuno,

no ruego,

no pongo en jaque mi esperanza,

me maquillo con arena.


Escribo mi nombre en un libro profano,

mi epitafio en efímeros paisajes de provincia.


Mi signo está al revés,

por eso tiemblo y desconozco las herencias

que me han sido propinadas para sobrevivir.



(A media mañana)


Debería orar junto a los demás.


Malgasto la siesta

poniéndome a tono con las pesadillas.


Parece que la ciudad

conociera la duermevela de Yom Kipur.

Los autos andan más lentos.

La gente se abstiene de atrocidades.


Un gimoteo

se cuece en el vaho de los muros.


¿Escucha Dios el fervor de nuestras ambiciones?

¿Sabe cuán obstinados somos?

¿Escucha el arrepentimiento

de quienes pasamos la tarde en una cama,

dosificando el desamparo?


Dios atiende mis súplicas.

Nunca me dejó sola.

Lo sé, porque tengo un hijo con ojos de albahaca,

porque respiro sin dificultad,

porque el hombre que amo besa mi frente a medianoche.



(1:00 pm)


He lavado mis dientes,

he bañado mi cuerpo con miel.


Hago lo prohibido.


Soy de ofrendas dichosas.



(1:35 pm)


De haber cumplido

con los sagrados preceptos de este día,

no estaría escribiendo.


Me retracto.

He huido tantas veces.


Ardua es la fidelidad a la memoria.


Quedan intemperies.

Alguna vez iré tras ellas.



(4:00 pm)


Nada que decir.

Las cuentas pendientes

las desabrigo en soledad.



(6:15 pm. Oscuro ya)


¿Será bueno y dulce mi año?

¿Habré despreciado un perdón?

¿Y si me hundo, me arrepiento?


Absuélveme, Dios,

por intransigir en la orilla.



(7:00 pm)


Ahora mismo apagaré la luz.

Intentaré un balance de mi alma.


En silencio me escucho.

En la osadía me desnombro.


Confieso que he padecido

alientos perversos.



(Casi al final)


No quedará tiempo,

habré fermentado.


Temo despertar

con una escafandra de alas rotas,

que un destino de islas me acaricie los hombros,

que un día pregunte por mí y sólo halle desacuerdos.



(Tarde. Otro año será)


Ato cabos,

veo que soy feliz.


¿Feliz?

—astuta palabra—.


No puedo quejarme, se ha dicho.

¿Y tú, Dios, te quejas de mí?

viernes

Verbos predadores
(2007)
Hay que creer en el libro para escribirlo.
El tiempo de la escritura es el tiempo de esa creencia.

Edmond Jabès

POÉTICA

De pronto la boca del poeta se cuaja de larvas.
Tanta es su levedad.

Hay que extraerlas una a una,
para que el poema revierta su cauce,
para la vorágine de las calmas heridas.

Han sido muchos los gritos acuclillados,
la índole curva de las exequias.

La frente queda en tierra.
La felicidad es una filiación no tan diurna.

Al enraizar el último fortunio,
habrá que talar el poema que obligue,
como diente, trance voraz.

El poema crecerá en su propio perdón.
Dirá cruces, empeños, viajes. A ras de cierta esclavitud.

¿Y el dolor?
¿Habrá que recuperarlo para que el libro crezca en el libro?
¿Para los tajos de la futura lágrima?

Volver a escribir es ser triste y pretérito,
abundante hasta el fin.



NO SOY LO QUE DIGO

No soy lo que digo sin un origen a cuestas.

Sigue irresoluto el olor negro de mi desarraigo.

Quisiera afirmar
que heredé la clavícula de los iluminados,
que mi estirpe estuvo alguna vez untada de sal.

Me honraría elogiar el deterioro,
arreciar en la humareda de lugares sin nombre.

Pero todo cuanto lamento es mordaza.

No provengo de fulgores antediluvianos,
en los retratos familiares no hay mujeres frondosas.
Las barbas de los bisabuelos
no ocultan magníficas excepciones.
En mi sanguínea coartada sólo hay herrumbre,
locos ensimismados, espaldas encorvadas.

No pueden las herencias infundirme más que escozor.

Mis ancestros se plantaron con muecas de insomnio,
a sabiendas de que los seguiríamos con ojos alambrados.

Aprendieron que no hay errancia sino consuelo.
Vivieron del luto, feroces y míseros
entre las tonalidades del estorbo.



SÍLABAS NATIVAS

Los vocablos que la desdicha
arrojará sobre nuestros cuerpos
son animales pródigos de un desorden biográfico.

No puedo imaginar la lengua que hollará a mi padre
en sus penúltimos jadeos,
ni aquella que me respirará con golpes de amoníaco
cuando se me venga encima el desacato.

Ya la madre había cargado con la otredad del escarnio,
la humillación de decirse sin agüeros cardinales.

Nadie contuvo las sílabas que amonestaban el vientre.



POÉTICA

La nieve que sortearon mis ancestros
es reliquia desdichada que no me estremece.

No hay paisaje entreabierto ni nostalgia
que cumplan la tiniebla
de alegar un sitio en mi vestimenta,
mi desorden, mi fetidez.

Nada de cumbres, penínsulas,
pantanos, arenales traicioneros.
Ni siquiera un pájaro en el estupor abisal.

No hay espina ni montículo que acorralen.

Me relato –si es que punta y vértigo son verdad–
en el glosario escarpado de una distancia.

El paisaje
–esa maldición inmaterial
que llaman paisaje–
es ausencia que zanja venas en las manos,
que cuece el torso con dulzonas corazas.

Y la nieve, que debería remolcarme al ensueño,
me acusa desde su claridad insuficiente,
como si fuese obligante palidecer,
admirar todo viscoso horizonte,
ser la duración, la represalia.



INTENTO DE ORFANDAD

Los viajes dicen de mí como algo aparte,
pero no se trata de huir sino de hacerme en otro lado.

Me aturde la permanencia de ciertos hogares,
lamer afilados trechos con los hombros desgajados.

Jamás me aproximé a las acequias
por temor a una intemperie definitiva.

Quiero emprender aún algunos itinerarios:
ir a una isla en cuyo centro
haya un lago y en él otra isla.
Atravesar un desierto abrumado de cuervos,
un monte de ataúdes.

No exijan que relate la brevedad de una lágrima,
que me destile en frases aumentadas.

Desconozco de qué bilis proviene el hartazgo,
cuál es el brebaje indispensable para aquietarme.

De los viajes mastico el caudal que me conduce,
de los regresos he copiado la espesura.

Toda travesía es intento de orfandad.



ESTADO DE EXILIO

Hay una retahíla de verbos emancipados.

Todo es mío. Lo pestilente y lo liviano.
Todo lo amasé, lo mordí, lo acuné.

Son mías las imprecisiones,
el barro que no amaina,
los hilos de sangre que cuajan el hogar.

Mío lo que despoja,
savia de una tarde avara,
huesos desmoronados en el útero.

Las minucias me las llevo al asco, al exilio de mí.

Las pérdidas no me arrancarán el mal,
no me harán dadivosa ni puntual.

Si me voy cargo con todo,
armo el miedo en otro puerto,
me ensucio para nuevas esperanzas.



POÉTICA

Nunca vi sembradíos de azafrán,
ni sus quejas bastardas.

Más rojo es el augurio que la ceguera.

Los manuales nunca advierten
el desenlace de un reo cuando escampa.
Se detienen en nombres ficticios,
tuercen un mundo sin favores.

No así los libros de poesía,
que no cesan, no conducen, no propician;
amasijo de crispaciones,
pedregal ojeroso de la tribu.



OFICIO DE GUARDIAN

El hijo regresará de un viaje por las marismas del sur.
Debo decirle que su tortuga ha muerto.

Juro que cambié a diario el agua,
ofrecí lechuga y relumbrones de mis horas de fiebre.

Incluso hablé al solitario reptil
sobre la incapacidad humana de aferrarse a los equinoccios.

Produje olas en su mínima ensenada,
zambullí guijarros y soldados de plástico,
para que no extrañara el alboroto de las tres de la tarde.

Vano intento: la tortuga amaneció azotada.

Tardé pensando su dilución
–en mi infancia sepulté pájaros y perros,
aún me duele pisar su ausencia.

Cómo explicar al hijo recién venido de los caudales
que la muerte es un músculo ejercido sin utensilios.

En secreto agradezco que el animal haya claudicado,
no sirvo para guardián de otro porvenir.
Nunca soporté su quietud, su albedrío mentiroso,
su coraje para durar
en la oscura artillería doméstica.



FIEBRE

El hijo empeora durante la siesta.
Sus párpados resbalan sobre venenos tibios.

En el desfallecimiento exige agua, abandono.
Llora sin que arda
la lengua púrpura de su precoz vejez.

De su garganta supuran raíces.

Han sido siete noches
de fatigas al pie del desamparo.

El hijo nada sabe de muecas esdrújulas.

El padre quiere dormir, volver a los umbrales.
La madre es una claridad anterior.
No soportan
las horas hervidas del encierro.
Fieras desencontradas, se arquean a mansalva
con gritos más antiguos que su desamor.

El pequeño, ya infectado de simulacro, se niega a tragar.

Vendrán disgustos.
El hambre cumplirá sin retraso su misión de costra.
Pasará incluso el perdón.



EL VERDOR DEL ANIQUILAMIENTO
A Alexis Romero

Cuando un árbol se desploma frente a uno
es porque en algún remoto lugar
hay una casa sobornada por el frío.

Los follajes recientes no claudican,
dejan para luego la prudencia de la savia.

Tampoco aguaceros repentinos
acaban con el dramático porvenir de las copas.

Pero un árbol
–digamos un abeto, una acacia, un samán–
no revierte el orden de los designios,
no se estremece en la gravedad de la niebla,
no pretende la infinita duermevela de los desiertos.

Un árbol se desmorona sin gracia,
jamás teme torturarse por error.

Si contemplamos su fatiga,
si alcanzamos a presenciar su crujir postrero,
es por un hábito de transcurrir en otra identidad.

Nunca comprendimos la maldición de persistir
en el verdor del aniquilamiento.
Pasamos de largo,
sostenidos por los desmanes de una tarde última,
ajenos a la frondosidad.
Cuando un árbol ha perecido a nuestro lado,
cuando poco faltó para que nos fustigara,
se olvida la soledad de esa pequeña catástrofe,
el impúdico gemido que en adelante sólo incumbe
a las aves, las ardillas
y a quien recogerá aquel inútil desastre de hojas.



ARRUINADO EL DÍA

El viaje / o nacer.
El viaje / o la piltrafa.
El viaje / o la rendición.

Guardo enjundias.
Voy haciendo verjas
de improvisadas circunstancias.

Hay tantas maneras de desunir.

Me empiezo a mitad.

He emprendido otros desbarros:
me sacaron de mi casa,
me arrancaron la ropa,
me tatuaron una cifra,
me gasearon,
me incineraron,
me convirtieron.

Volví carne de lobo,
vaciada en hiel,
creyendo.

Dije «estuve en las fauces».

Mentira fue la luz,
el resguardo,
la fiereza de las visiones.

Mentira la llamada,
el que vendrá.
También la cicatriz que deja la víbora.

Acaso me preguntaron si deseaba escribir,
desatar,
cuidar un monte.
Sí podía.

Nadie quiso saber si regresaba entera.

Me asquearon temprano.
Me otorgaron horas crudas.

Fui descreída,
a tientas me tuve de cabeza.

Vi torcer un pan, un lloro.

Así mis renegridas palabras y sus finales,
mis simplezas de amolador,
la grava tendida de los cuerpos,
virados sin sombra, sin afán.

Y pese a todo,
un rumor lengua adentro,
muy adentro,
pequeño,
torpe,
desheredado.



ESTADO DE GRACIA

La poesía agorera de todos los días,
cómo se salva,
cómo anuncia una fe.

Se decanta en el sinremedio de los comienzos,
en alardes venenosos.

Es el primer gran desconsuelo.

La escritura aminora los verdaderos hallazgos,
fósil su ilusión.
Discurre entre alimañas.

Siempre alguien acunó
mi incapacidad para guarecerme.

La maternidad ha ensalivado unas pocas horas.
De ahí que me vigile,
de mareas acicalada,
interrumpida,
en asqueante estado de desgracia.



POÉTICA

Arados los poemas,
arados los filos ya arados de una tarde en Estambul.

O en Bucarest, qué importa.

Igual nunca iré,
ya nunca más iré a otra envergadura que no sea propia.

La huida se forja en la cintura,
nunca en los pies, como creen los abandonados.

Jamás se cruza un río con las caderas adormiladas,
tampoco se hace uno reincidente de las frondas.

Por eso echarse a la porfía
conlleva el riesgo de legar flores o escrúpulos.

La errancia está en el poema que rumia infeliz.
Y el poema, más allá,
bestia vidriada, conjetura desertora,
siempre está de paso.



LOS REVESES DEL ESCUCHA

Ha llegado la tarde saturnal de librarme del escucha,
lanzar la espuela apenas interior.

Hemos sido impiedad plomiza,
comensales dadivosos de una familia
que no llega a resguardo.

El escucha habrá de perderme para siempre.
No yo a él.

Abdicantes de epítetos frondosos,
nos serviremos a la hora
en que concurren las añoranzas,
seguros de preceder.

Se parece el silencio a la maldad.

Mi anhelo es aquietar.
Que no hayan más poemas tramposos.
Que de la casa incendiada permanezca el motivo.



POÉTICA

Finalmente las historias más terribles se decantan
y un precipicio mana del titubeo.

Así se vierte el otro en nosotros:
de la angustia a la holgura.

La identidad está en el pelaje del libro,
no en los argumentos,
ni en magros antónimos
que desvestimos de futuro o cansancio.
Autopsia
(2005)
Nada, ni siquiera la imagen de un cadáver,
contribuyó a hacernos modestos.

E.M. Cioran
( )
Hay cadáveres hermosos,
arraigados al fango con mansa memoria irrefutable.
Cadáveres cuyas falanges son dadivosas
y se parecen a la eternidad.

Lástima que el encuentro con ellos
—tan dóciles, tan imperfectamente materiales—
deba sostenerse bajo los dobleces
de libros que todo lo prohíben.

«Si un hombre,
reo de delito capital,
ha sido ejecutado y le has colgado de un árbol,
no dejarás que su cadáver pase la noche en el árbol;
lo enterrarás el mismo día,
porque un colgado es una maldición de Dios.
Así no harás impuro el suelo
que Yahveh tu Dios te da en herencia»
(Deuteronomio 21:22)

Un cadáver es lo inmundo, lo inconfesable.
Maldición en la que concluye toda fiesta acusada de dolor.

«El que toque su cadáver quedará impuro hasta la tarde»
(Levítico 11:24).

Y esa larga tarde inadvertida funda una semejanza:
se es aquel que miramos, mientras lo miramos.
Por eso el cadáver debe ser sepultado.
Para que no nos hinque su pútrida y afanosa armadura.


( )
Hemos sido tantas veces castigados.
Por mirar hacia atrás,
por ventear en el vacío.

El miedo impide permanecer junto a la carne detenida,
respirar un cuerpo que es deserción.

Un cadáver es la conjetura apresurada del pecado.
Amamos un cuerpo,
pero apenas se le asoma la muerte encima,
debemos arrojarlo, olvidarlo.

No importa cuán vasto fue el tiempo de desearlo.

Aquellos que han permanecido junto al cadáver,
insomnes vejados por la niebla,
admitieron el escozor primordial.

Suyo es por siempre el exilio, la brecha,
la imposible coartada.

El cadáver debe volver a la sed,
verter su desierto.


( )
Ocurrió en Atlanta
durante los primeros reveces estivales.
Una niña de veintidós meses de edad
pasó al menos cinco días
jugueteando en torno al cadáver descompuesto de su madre.

Miracle es el nombre de la niña.
Milagro su precipicio, su piel desguarnecida.

La policía la halló un domingo en la noche.

El diario Atlanta Journal Constitution
informó que la niña soportó aquella lanceada faena
gracias a unos pocos alimentos que alcanzó de un armario,
no lejos del cadáver del que ya no bramaban caricias.

Lawarna Stevenson, la madre,
murió de suplicio natural, según la autopsia.
La familia advirtió que se ocupaba poco de la niña,
como si semejante queja sustituyese
los improperios de tantas desalojadas horas.

Tras dos días en el hospital,
Miracle, caída del yelmo de futuros infiernos,
fue dada en custodia al padre.


( )
Un cuerpo se descompone casi dos veces más rápido
en el aire que cuando se halla hincado en el agua.
Y la descomposición en contacto con el aire
es a su vez unas cuatro veces más vertiginosa
que cuando el cuerpo sucede bajo tierra.
La profundidad vierte clemencia en la carne,
resguarda de ciertos pronombres umbilicales.

Las primeras células en fallecer son las neuronas,
las de la piel sobreviven todavía un día mas,
el útero resistirá algunos meses.

No es cierto que las uñas y el cabello continúen alargándose,
por mas hermosos y glaciales que hubiesen sido sus olvidos.

La lengua podría trasmigrar de la boca,
el licor de los pulmones ser expulsado por todos los ojales.

En el estómago surgen bacterias
que no aguardan los triunfos del funeral;
el páncreas cumple el augurio de devorarse a sí mismo.

También en su última mansedumbre
el cuerpo desprende gases verde azulados,
insolencias exageradas para un talle
que se ha dado al goteo de la infamia.

Pero no sólo arremeten huestes domésticas:
moscardones y gusanos acuden al llamado.

¡Pobre carne parda, reiterada de ayer,
supurando ínfimas conclusiones!

Pasado un año, apenas quedan esqueleto y dentadura,
con alguna traza de tejido aferrada.
Y una lágrima de los deudos —sólo una—,
sulfurosa, venerante.

Los huesos demoran aún medio siglo en hacerse minucia.

La sospecha de la carne no es térrea, pero alude.
Su cintura es interior,
su albura maltraída del miedo.
Por eso no se nombra aquí el alma,
ese murciélago transitorio que anida en el salitre,
que truena por imprudente en las astas del pecho,
queriendo vapulear lo que niega,
hundir el celo madrugado en el foso.

¿Tanto ha de fustigarse el cuerpo en su partida?
¿Cómo rehacer la longitud de su tirana inmovilidad?
Pareciera que apuesta a una futura belleza,
a la contradicción de los goces.

Conjuro, miasma extendida en un tendal.
Eso hemos sido. Eso seremos.
Lo que no vemos y se gangrena,
lo que admitimos con palabrones de cal.
Ceremonia desvaída, de nuevo y siempre.
Tragedia que alivia los deberes de la eternidad.
El orden de las ramas
(2004)
Toda conversación se inicia con una mentira

Adrienne Rich

—Hay un dios que yace en los trigales de un arduo reino. Jamás nos requiere. Ama a los huidos
—Lo invocamos por adicción. Somos vástagos afligidos, trampeadores de un lenguaje de podredumbre
—¿Certezas que no alcanzan?



—La austeridad de los vocablos que hoy debo pronunciar terminará por espantarte. No puedo sino corregirme en la decepción
—Si te asemejaras al silencio que pretendes
—Sería inútil el sacrificio. Nos arrojaríamos sin comprender la desnudez primigenia, la represalia de ciertos abandonos



—Padecemos el deber de perdurar, el deber del vocablo, del escarnio
—¿Tantos?
—Tantos y muchos más, so pena de que la belleza vuelva a sus inhóspitos caudales, que las fieras aprendan de la carroña



—Hemos recaído en la virtud. Imbéciles, domeñamos la palabra para jactarnos de cuanto ocurre en vano
—Lo peor es ser dignos y desprovistos de cimientos
—Vertebrados por el asco. Suficientes de tanto rigor



—Me incumbe devolverte las garras
—¿Y dormir por siempre sobre el catre de mi veneno?
—Así te conocí
—¡Que me susurre la destemplanza, me abarque la impudicia! Seré heraldo acucioso y traicionero, pulcro a la hora de hincar palabras



—¿De qué escalón se ha prendado la fatiga? ¿Qué migaja de ella traerás a casa? ¿Eres tú quien defiende el rumor de las palabras curtidas? ¿Tú el de la ignorancia?
—Quise cargar con lo imperceptible: frases que maduraron a fuerza de calcinarse. Nada parecido a tu insolencia, tu sed de insulto



—Siglos anduve con la mirada constreñida hacia la tierra, atenazado por un raro suplicio. Mi soledad estuvo signada por ademanes, sobrenombres, desprecio
—¿Para qué hundirte frente a mí?
—Si me sublevo es por coincidir



—¿Quién habla tras un amasijo de músculos remendados por el odio? ¿Quién dispara desde las azoteas presumiendo que la distancia ha de ser embutida por la niebla? ¿Quién traspone la gramática de las aberraciones? ¿Quién, en esta terredad?
—Y a mí, tu otro bocado, ¿quién me salva de los mandamientos, quién me astilla el rostro para que calle?



— Yo, que maldigo y recaigo, que tuerzo el curso de una hormiga para verla enloquecer, doy fe de que hay palabras anegadas en niebla; banderas como magnolias boqueando en los márgenes de la común desdicha
—¿Tu despropósito?



—Habla de tu hambre, del contagio
—Olvidé cómo se miente
—Habla, si puedes, del desangrarse
—¿Y decir que me obstiné, que ahora regento una casa de buitres?
—Mucho más
—Olvidé cómo se infringe la transparencia



—Si al menos quedara ánimo para desertar
—Estimaría ventanas como si se tratara de la arrogancia postrera
—Dirás que de ahí te viene lo adusto
—Aspiro a la perversidad que otorgan las ventanas clausuradas, los pórticos oxidados
—Lo terrible, pues
—Lo humano
La salud
(2002)
Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos

Marguerite Yourcenar


la familia espera en la cuerda floja
en el vientre acicalado
de una sala de emergencias

espera una retahíla quejumbrosa
para luego desarmarse

tantos días fraguando el dolor
el terco dolor

y el enfermo que no muere
ni mejora
ni desespera



el moribundo nos convoca
para recapitular su vida

forzado como está
a respirarse a sí mismo hasta el fin
su confesión es de segunda mano
carece de voluntad
para ocultar ciertas lealtades

en la vastedad del adiós
la verdad es siempre un escándalo



si el paciente emana de su encierro
sabrá que hay enfermeras de piernas largas
que el verano arreció con las quemaduras limpias
que aún es sensato buscar un trago
y pensar en grotescas ceremonias

si sale
si vuelve
si quiere
habremos de animarlo

caerá del cielo
más silencioso
quizá torpe
relleno de habladurías

ojalá pueda
al menos
contemplar las robustas confusiones
el mundo en llamas
que guardamos para su resurrección



llega el momento de la tremenda tristeza

aún en la trastienda
pueden emitirse densos ronquidos

nada importa

da lo mismo hacer el amor con el médico
beber soluciones salinas
resollar en el pecho del agobiado

pareciera que un remolino
te parte la cabeza
y al regresar a la parafernalia familiar
has cambiado para siempre

el mundo puede ser otro
con sólo silbar una sonata

y por encima de eso
—como si la risa no fuese a veces excremento—
sigue habiendo un aire humillante
que destila consuelo



héroe de espléndidas torturas
el agonizante apuntala su fuerza
con turbios brebajes
desanda el solsticio de su embriaguez
para sobornar al extraño

lo visitan primos
lo visitan secretarias

lo visita un cura
un rabino
una puta

a todos responde
desde un angosto arenal
jubiloso e imperfecto

yacer lejos del edén
hace fácil toda languidez
la mueca
la arrogancia



el corazón del paciente
bombea con parsimonia

el nuestro sucumbe a las arritmias
del solazo estival
el tránsito del viernes
las palabras cometidas



si queda alma
la salud será paraíso transitorio

un día más
la carne soporta

y un día basta
para que claudique



la familia espera en la cuerda floja
más unida que nunca
más podrida que antes

su memoria será la del mal

en sus fiestas habrá salitre
un cierto recuerdo
permitido en voz baja
como quien se arrepiente



cuánto estimamos ahora al menguado

reconocemos sus fortalezas
justo en aquello que nunca fue

era bueno
caritativo
honorable
—añadimos haciendo uso de una cronología bochornosa

la trivialidad del momento desanima

todo sentimentalismo se hace repugnante
como lo fuese poco antes la esperanza
como lo será luego la nostalgia



acabaremos de bruces
en cualquier inolvidable furor
con el follaje
conjugado en un pretérito
de mínimas osadías

¿quién habrá de devolvernos
los días negados?

¿cómo zafarnos
del arduo exilio?



la familia espera en la cuerda floja
el veredicto hematológico
la anchura respiratoria
el conteo de las esperanzas



la enfermedad
es el impúdico hallazgo
de quienes temen
a las vacaciones
la contorsión de trajinados días
la brisa dulzona
al escozor merecido

a la perfección



no siempre los hospitales
son cautiverio de bestias amordazadas
reino de pérfidos socorristas

para muchos se trata de un remanso
donde acumular quebraduras



los quirófanos son un sermón
en ese paisaje malogrado
que abarca el padecimiento

se entra con el mismo cuerpo horizontal
que atrinca la muerte

se sale
con los ojos virados
sobre algún amparo
alguna pequeña verdad
que renueva el estremecimiento

el camino
entre la familia y el viscoso recinto
es una medianoche lentísima
un atisbo de terquedad
un lujo que conspira



la sangre se alimenta
de malos agüeros

es río de sal
cielo terroso
palabra que forcejea
con la inútil constancia de los amaneceres

si tan sólo conociera el débil
la bitácora que lo enrumba
los riscos que lo castigan

si tan sólo odiara



huir
ya ni siquiera apacigua al moribundo

alguna vez quiso creer en dragones
cíclopes que se acorralarían en mudez

pero sabe que no hay absurdos
lenguas despobladas

de cuántos goces aletargados
habrá de arrepentirse
ahora que su lecho
despilfarra quejidos

ahora que comprende
lo excesivo de sus asombros



la familia resiste en la cuerda floja

no ya en la duda
ni en la variación del miedo

no en la lágrima
ni en el temblor
de los hombros hundidos

su tibieza ha alcanzado el pudor
el hermoso rostro
de quienes claudican
para luego reconfortarse en olvido

nunca fue en vano la espera

el regreso a casa arderá en la frente
pero será leve
Víspera
(2000)
Miro la cámara.
Mi sonrisa se hace de sal. Una sal
donde estoy de pie.

Raymon Carver


me he vuelto ceremoniosa
han dejado de interesarme los ruidos
el silencio de los demás

prefiero una copa dando vueltas por mi casa
desayunar sin asuntos pendientes
regodearme en eso de ser absolutamente solitaria
absolutamente vieja después de todo

aunque no tenga andares suficientes

quizás en otro lado
el ánimo se recupere

por lo pronto
no aspiro a más rutina
que mi cama deshecha y vuelta a armar
una cierta efusividad que conduzca a ventanales cerrados
al bocado de sal que me hostiga
a mis dientes suplicando cepillo
al cabo de muchos días
muchos encierros
demasiadas ceremonias



si quedara un hombre
uno sólo para después
y la eternidad

corregido en su mínima condición
desechado

si quedase para más nunca
postergado al tropiezo
la triza infinita

si existiese y nos viéramos
y me explicara el secreto que lo mantiene solo
alumbrado y solo
pleno de encierros

si existiese
y pudiese irme lejos
no desear
arrimarme única
sola sin palabras

A Miguel Angel Campos



he sido incierta
pecaminosa
he dado pie a discordias que desencajan

temo terriblemente
poseer cincuenta y cuatro años
completar apenas
la mitad de los saltos
que me han sido asignados
ser famosa
incluso venerable

pero no haber tropezado
sino unas cuantas hemorragias matutinas
no llegar
nunca llegar
cumplir treinta
cincuenta
tal vez setenta años

ser horrendo simulacro



en la víspera de cualquier acontecimiento importante
salvo la furia y mis desiertos

defiendo a dentelladas el permiso de escapar
por si me aburre la falta
el periplo enmendado con que muchos pronuncian
sus recovecos

insisto en mis aplausos
la tardanza que recoge migas

síntomas de una erupción esperada

vuelvo al calor
me maquillo de negro
uso sandalias y mastico en el cine

se me antoja irme seca
desmembrada

vestirme de roca o macho



bastaba cerrar el puño
desdecir el goce

todo venía
todo era palabra

ahora extraño
aquella fragilidad
mis contenidas maneras
de apresurarme
y padecer



hay algo de venganza
en el clima de mi cuerpo
un hábito tribal e innecesario

cierro la vista
comienza el regodeo
nada extraigo nada vale la pena

la pereza me viaja
no quiero salir a buscarme
en el salitre de una frontera

me seduce
la definitiva austeridad de mi habitación
los murciélagos que rajan la bañera
esa marejada cálida de las tres de la tarde

pero la delicadeza va siendo
una posibilidad despreciable
prefiero verme aguerrida
desencajada
ducha en el desprecio



el rigor de perderse
la huida justa
decir cuándo
la piedad es ósea

decir un poco más allá con el rato amaestrado
desenvuelto pero solo

tener el valor de mirar por la única ventana
que da hacia el sur
y temblar para que la sangre
nos calce a todos
para el luto posible

entonces sí
sostener demoras

caerse a malhumoradas palabras
ser reja
menguada pertenencia



caminar por un río
ser ese río

atravesar
el mismo rostro

ser medianamente cuerdo
soportable

al menos de noche
en silencio
Trastienda
(1991)
uno acaba por convertirse
en aquello que más detesta

Juan Gustavo Cobo Borda


a uno le gusta echarse
sobre cualquier intento

saberse lo mejor
universo particular
cielo de infelices

llegan entonces
los elegidos

ofrecen llaves de aire

damos una cita

huimos hacia dentro




decirse virgen
para emocionar al desconocido

asomarle
una ceremonia de vigilias
golpes añorados

merecer
el desquite
aunque se nos caiga el alma

nos persigan para siempre



entiendo por decencia
aquello que más duele

devorarse hasta el escándalo
presentir imprudentes camas

acabar
sin remedio



pertenezco
al otro lado del cuchillo
a la memoria
de ciertos pudores

mi viaje es la ebriedad
del desalmado

herida dispuesta

carne que se echa a los dioses



hablo

por esas palabras
que me cuelgan del hambre

de lo destrozado

noche de barajas



no hablen de huidas
porque de ellas me hago

vuelvo intacta
al desastre natal

no saben

piel adentro
todo es puerta

agua



por ser de mi casa

buena ropa
presencia deseable

distraigo esquinas

nadie quiere arrepentirse
aguantar

esta especie de diálogo
nada



terrenales oficios
los míos

desnudarme

acariciar al otro

repetir las cosas que amo

y detesto



uno termina amando
el fastidio de los cuerpos

se nos llama santas
o putas

intentamos
un homenaje de techos bajos

un descuido
de lo indecible
Máscaras de familia
(1991)

Y sacamos de debajo de nuestros lechos
nuestras más grandes máscaras de familia

Saint-John Perse



alguien
deberá perpetuar mi necedad
ser el vástago

entre ninguno
serás elegido

no habrá preguntas

sólo tú
vuelto náusea



ante la paciencia de ajenos
heredarás mi soledad

te otorgaré
un destino sin pudor

en la escuela
aprenderás a conquistas mapas
a multiplicar esperas

pero sobre todo
aprenderás a rendirte



serás el último
el enemigo

creerás en orillas
abuelos carcomidos por el odio

nada habrá más absurdo
que nuestro pasado



quise prometerte
tierras menos desoladas
una casa sin charcos

mis costras quiebran tu futuro
te engendraré príncipe y desierto
señor de poderosas tristezas

en ti quedarán
gimiendo los siglos
la duda



si alguna vez
por insomne
emprendes ruta hacia el delirio
recuerda que luché por desterrarte
por hacerme un vientre sin rajaduras



te nombro
por domesticar
un tiempo que nos alivie



será inútil mi empeño
habrá noches afiladas
por la ausencia
golpes amargos
sobre las arrugas de la cama

hablaré de mentiras
países masacrados por la dulzura

hablaré y hablaré

hasta pedir perdón

aunque no me creas



tu madre
será mujer muy sola
de ésas que leen
para no morir

andará por la casa
aprendiendo que su cuerpo
no resistirá más goces
que sus senos deberán hincharse
a la hora del descanso

que acabó la vida